Capítulo 49: "El olor de la guerra se avecina"

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Cuando el sol recién se asomaba por entre las montañas; Bianca, Arthur, Niara y Roselius se prepararon para iniciar su travesía a la entrada de Mazeriver. Todos se despidieron alegremente de los viajeros, esperanzados de que las cosas fueran a resultar bien a partir de ahora.

-¿Crees que estén bien en la cueva? -preguntó Arthur a su amigo.

-Seguro que sí -le tranquilizó este-. Solo falta que entrenen y todo estará bien.

-De todas formas tu aldea no está acostumbrada a la lucha, pero, ¿y tú? -se interesó Arthur-. Porque hasta donde yo sé, tampoco eres mucho de pelear con armas.

-No, no me atraen mucho esa clase de cosas -confesó el pelirrojo, mientras cabalgaba al ritmo de Arthur para ir a su lado. Bianca iba adelante en silencio-. Pero traje algunas cosas que pueden servir. Algunas muy explosivas.

-¿Explosivas? -El ojo de Arthur se iluminó un poco ante los rayos del sol que le daban en el rostro.

-Claro, cuando regresemos a la cueva te los mostraré -Roselius le hizo un guiño a sus amigo, y este sintió más curiosidad de la que ya tenía.

-¿No quieres darme un adelanto? -le suplicó Arthur, y Niara soltó una risita.

-No -fue la seca respuesta de Roselius, antes de que su compañero respondiera con una mirada llena de indignación-. Qué impaciente eres -el elfo soltó una risa tan fuerte que Arthur no tardó en contagiarse con ella.

-Silencio -La voz de Bianca irrumpió entre las carcajadas, alzándose lo suficiente para hacer callar a los muchachos-. Debemos estar callados, la idea es pasar inadvertidos...

-Lo lamento, señorita Bianca -se disculpó Roselius, y Arthur no tardó en llevarse las manos a la boca, dando a entender que no volvería a reír en lo que restaba de camino.

Tras aquella advertencia, lo único que se escuchaba con claridad eran los pasos de los caballos sobre la tierra húmeda, junto al chirrido metálico de las armas debido al movimiento de los animales. Podría decirse que fue la parte más aburrida del viaje para ambos hombres, ya que no podían hacer ruido alguno o les llegaría una patada en la cara.

Atravesaron cerca de una hora un camino húmedo en donde las huellas de los caballos quedaron marcadas con fuerza. Alrededor no había más que un par de árboles que anunciaban el fin del bosque. Acompañado de unos cuantos arbustos pequeños que no pasaban la altura de las rodillas de los viajeros.

Al llegar finalmente a la entrada de Mazeriver se encontraron con el gigante cartel que anunciaba la llegada, junto al respectivo símbolo del reino. Era tan grande que hasta la persona más lejana sería capaz de divisarlo a varios metros de distancia.

Bianca no parecía sorprendida al ver que Tristán no estaba allí. Después de todo, los viajes en barco son bastante lentos en comparación a viajar por tierra o en una criatura voladora. Además de que la cantidad de hombres que deben transportar hace más demoroso el trayecto, contando las detenciones y el número de barcos.

-¿Qué hacemos? -preguntó Niara-. ¿Esperamos aquí cerca?

-Tristán dijo que vendría cada mañana, así que mientras tanto debemos esperarlo en un sitio seguro, oculto y a la vez cercano -exigió Bianca en tono autoritario-. Por las mañanas vendremos aquí, y por las noches a nuestra guarida.

-Podría ser alguna casa abandonada en Mazeriver -sugirió Arthur-. Con la crisis que hay actualmente es seguro que más de una esté desocupada.

-Buen punto -apoyó Roselius-. Entonces debemos entrar con cuidado al pueblo.

-Y en caso de emergencia ya saben que hacer... -aseguró Bianca. Y en respuesta Arthur tocó la empuñadura de su espada que llevaba en su cinturón, Niara su anillo y Roselius una bolsa de hojas secas, que estaba llena de frascos y otros objetos interesantes para posibles ataques.

Los nueve descendientes IIHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora