Hydra Lerna vive en un mundo muy diferente al tuyo.
En la nueva sociedad los humanos se extinguieron y su lugar fue ocupado por licántropos: personas que mutaron y adquirieron nuevas habilidades, similares a las antiguas leyendas de hombres lobo. P...
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Cuando desperté sentí la luz sintética de un falso sol en el cielo. La ventana tenía unas cortinas blancas que estaban quietas porque no había brisas frescas en la Ciudad de Plata.
Me quedé bastante rato en la cama, mirando el cielo y preguntándome qué harían en Betún en aquella hora de la mañana. Casi podía oír a Rudy preparando el desayuno en el piso de abajo y gritándole órdenes a todos. Los niños corretearían en las escaleras, jugarían carreras, la pierna de Papel estaría casi sana. La anciana Pan traería el periódico con Circo y Remo seguramente estaría practicando sus trucos de cartas para estafar a alguien.
Me lamenté de que no aparecieran, porque si tuviera indicios de que me buscaban al menos sabría que existen.
Ni siquiera sabía por qué me quedaba allí, en la ciudad, si no era Hydra Lerna y había venido solo entonces no había nadie a quien buscar. No había Ceto, ni Mirlo ni Yunque escondidos entre sus edificios. Aunque no me dejaran irme podía tratar de escapar.
Pero aun así no trataba nada, una parte de mí se negaba a aceptarlo, a irse sin ellos.
Me puse de pie, me vestí rápidamente, no había mochilas en ese lugar así que un poco reticente comencé a atarme las cosas al cuerpo o cargarla en cinturones y bolsas ceñidas a mi pecho, como hacían las personas que vivían allí. Me puse una coraza de cuero, y de allí colgué un cuaderno en blanco, algunos lápices de carboncillo y un cuchillo que encontré en un mueble de la habitación. Cubrí mis piernas con un pantalón holgado, para mi pesar no hallé zapatos.
Debajo de la cama encontré un bisento: un bastón con dos hojas adosadas, largas, anchas, ligeramente curvas, punzantes y cortantes. Era como un cuchillo que en lugar de empañadura tenía filos aserruchados en ambos extremos. Uno de los extremos salía despedido cuando accionabas un botón situado en el medio del bastón.
El filo de la hoja fue expulsado por un mecanismo de resortes y voló hasta quedar clavado en la pared, el concreto se hizo añicos, una nube de polvo caliente se esfumó rápidamente; un cable metálico, que zumbaba electricidad se suspendía entre la hoja y el resto del arma, estaba oscilando por la fuerza con la que había sido expulsado. Cuando presioné nuevamente el botón, la cuerda metálica se plegó como si fuera un resorte y regresó a la normalidad.
En el bisento estaban talladas unas letras: D.C.
—Dan Carnegie.
Me lo colgué a la espalda.
Los humanos tenían armas letales y geniales. Los licántropos no ostentabas tales artefactos, solo tenían las armas ceremoniales para la Ceremonia de Nacimiento y eso quería decir que eran antigüedades, indumentaria, más un disfraz que cosas para combatir en una guerra. La nueva sociedad no producía armamento de ningún tipo, sólo algunas pistolas que portaba los vigilantes o porras. Nada más. Aunque les gustaba luchar, generalmente era una sociedad pacifica en términos internacionales o bélicos.