Capítulo 4. Un sueño.

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Mi piel se desintegraba, miraba a aquella chica, su rostro estaba invadido de lágrimas, y mi corazón dolía, dolía tanto que no podía tan siquiera respirar.

—¡Zafiro, No!

¿Por qué grito ese nombre? Por qué me duele ver a esa chica.

Ella desaparecía en medio del fuego y las cenizas que envolvía su cuerpo. Mi cuerpo era sostenido por alguien, pero a último minuto me suelta, por lo que voy corriendo hasta la mujer. Antes de que desaparezca lo único que logro hacer es tomar sus mano, y sentí en ese instante como si mil voltios golpearan mi cuerpo.

—¡No me dejes tú también! ¡No me dejes tú también!

El suelo comenzó a moverse, y mi cuerpo dejaba de ser mío, mire mis manos, porque fue lo último que la sintió, las frote una contra otra, intentando volver a sentir lo que ella me hizo sentir.

La oscuridad se hizo, y mi cuerpo desapareció.

—Ella ya no está—decía una voz oscura, distorsionada y amenazante— Yo la puedo traer para ti... no juntes las almas, no las juntes, y te revelaré la verdad.

Mi respiración se agitaba a cada segundo,

<<¿La puedes traer?>> ¿Por qué deseo que responda mi pregunta?

<<Yeru, No>>

—¡No, Yeru!

Mi cuerpo estaba empapado de sudor, mi ritmo cardíaco por las nubes según mi reloj, intento calmarme, pero la puerta de mi habitación se abre y siento de nuevo el susto, hasta que me doy cuenta que es Gizah.

—¿Estás bien?

—¡Ni una mierda de bien! Tuve una pesadilla horrible.

Gizah enciende la luz y pasa a mi habitación en puntillas. Es algo que solemos hacer, a decir verdad es como si sintiéramos cuando el otro está mal emocionalmente, y nos consolamos escuchándonos o simplemente, quedándonos un rato con el otro hasta que pase la tormenta.

Son las 2:35 de la mañana, espero que solo haya despertado a Gizah y no a mamá. Por qué no quiero someterme a su interrogatorio.

—¿Y que soñaste?—Gizah se sienta en el suelo, recostandose por la cama, yo hago lo mismo, colocandome a su lado.

—No tengo idea, solo sé que fue horrible.

—¿Y quien es Yeru?

—No sé —Me despeino e intento buscar en mi cabeza dónde y cuando escuche ese nombre como para entender el origen del sueño.

Gizah me invita un caramelo de miel que traía en su mano, siempre lo hace cuando sabe que tengo pesadillas.

—Ya va a pasar Helios, quizás y solo es... estrés.

—¡Claro! Un adolescente de 17 años estresado...

—No eres un adolescente cualquiera...

Ahora es Gizah quien me despeina y yo río ya con el caramelo de miel en la boca.

—Aún en la penumbra te veo pálido hermano... ayer llegaste muy tarde de tus clases, y ni cenaste, te pusiste todo misterioso a trabajar. Me preocupas.

—La clase de violín estuvo pesada, el recital se acerca, y ya sabes, tengo una Peña en una semana, debe ser...

—Perfecto. —completa un poco triste— Me duele que te obsesiones por lo perfecto, la vida no es así Helios, hay días buenos y hay días malos.

—Los días, son días. —La corrijo, y me encantaría decirle que es lo que cargo sobre mi espalda, pero no quiero preocuparla con lo de mamá, no se merece tanto dolor.

Me recuesto contra mi colchón y me fijo hacia la ventana, la luz de la luna justo se filtra a tra vez de ella.

Y no sé porque al verla siento como si me conectara con alguien, como si esa persona que me completa me esta mirando a través de ella, como si todo lo que pienso y siento se esconde tras su resplandor.

—¿Quieres que te prepare un poco de té?

—Gracias Gizah, pero es mejor que vayas a dormir, iré a prepararmelo yo.

Mi hermana me mira por un largo segundo y termina dándome un beso en la frente.

—Sabes que sea lo que sea que te aflija puedes contar conmigo verdad?

—Lo sé.

Gizah se levanta del suelo y comienza a  dirigirse a la salida de mi habitación, pero antes de salir voltea de nuevo.

—Hace poco leí una historia, en donde decía que las almas que están destinadas a estar juntas, se sueñan, que sienten lo bueno y lo malo, del ahora y de su pasado, llámame loca, pero me gusta creer en esas tonterías... quizás y esa Yeru, sea tu Alma destinada.

Le doy una sonrisa por sobre mi hombro, y a decir verdad no me parece una locura, algo en el fondo de mi cabeza me decía que Gizah quizas tenga razón, aunque lo que diga parezca no see racional.

—Quizás... y tus sueños sólo te imploran que la busques.

—Eres una romántica empedernida Gizah, pero sabes... te creo...buenas noches hermanita.

—Buenas noches Helios.

Seguido de la salida de Gizah, fui a tomar mi celular y los auriculares.

Cerré mis ojos, cuando la música llegó a mis oídos, busqué Hijo de la luna de Leo Jiménez, no sé por qué, pero era ella, esa Luna la que me inspiraba a ponerla ahora.

Aún sentado en el suelo, la admiré, y me pregunté cuantos secretos sabrá, cuántos rumores le habrá llegado, cuantos deseos le habrán pedido.

Aprieto mi mandíbula, porque aún me viene la imagen de aquella chica, sus ojos llorosos, mis manos, sus manos.

Cerré lo ojos y me deje llevar por la música.

Mi mente no encontraba paz en medio del bullicio, todo mi interior se removia con aquella imagen.  Y algo dentro mío espera, espera por ella, espera verla, sentirla.

¿Quién eres? Y si existes ¿dónde estás?

Acaricio mis manos de nuevo, cuando la música cambia, y con ello, prácticamente como una especie de puñal se clavó en mi Alma.

Bella julieta de Leo Jimenez es un tema que suelo saltar, me parece muy romántico, pero esta noche, decidí detenerme en sus acordes, es su letra, y era como si describiera a la perfección como me siento en este preciso instante.

Alguien que está,  pero no está, un amor perdido, pero que no existe, alguien que nunca se fue, porque nunca a estuvo, pero la quiero esperar ¿Esperar a la nada?

¡Mierda! No debí aplazar mi cita con la psicóloga.

Me rasco la nariz y decido que debo volver a la cama y resignarme a que es un sueño, solo un tonto y estúpido sueño.

El Sol y el Universo [Libro 5]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora