Tras sobrevivir a una fuerte epidemia que acabó con la mitad de Kattegat, Gyda, la única hija de Ragnar y Lagertha, se había ganado el temor de los habitantes del pueblo del cual su padre gobernaba. Nadie podía acercarse a ella, nadie podía lastimar...
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Pasaron tres días desde que su padre llegó con la noticia. Gyda despertó ese día sin fiebre y mucho mejor descansada, y usó aquella fuerza para llorar contra el pecho de su padre. Fenrir no regresaría con ella, lo había perdido. Lo había echado lejos de ella para ir a una guerra. ¿Cómo podría superar esa angustia, esa culpa? ¿Dónde estaba él? ¿Se encontraría bien? Todas aquellas preguntas surcaban su mente en un bucle repetitivo.
La tarde del cuarto día, Gyda continuó reposando en lo que había sido su aposento. Contempló el sol entre las rendijas de la cabaña por un largo tiempo de forma inconsciente.
—Permiso.
Gyda desvió su mirada ausente y giró su cabeza hacia el otro lado. Detrás de la puerta se encontraba Ubbe Lothbrok con un plato de comida. El muchacho, ya con un par de años más, la miró atentamente. Gyda casi nunca tenía contacto con ellos. Quería mantener una relación distante con los otros hijos de Ragnar. A diferencia de su hermano Björn, que parecía tenerles mucho cariño, Gyda solo guardaba sus distancias. Amable, pero cortes.
—Te he traído comida —anunció Ubbe, su voz ya no era tan aguda como antes, lo que mostraba el comienzo de su juventud. Verlo no solo le recordó a su hermano, sino que también a su padre. Ubbe tenía los mismos ojos de aquel centelleante azul que solo Ragnar tenía.
—Gracias —le agradeció ella, sentándose para tomar el plato.
Ubbe asintió y desapareció fuera de su vista.
Poco tiempo después, su madre se acercó para ayudarla a cambiarse el vestido. Fue más una molestia lo que sintió cuando se puso de pie, la herida había sanado y Gyda le agradeció a los dioses por ello. Sus días en cama solo le dieron amargos recuerdos de la epidemia. No había tenido fiebre desde ese día.
Su madre le sonrió levemente y Gyda le pidió un momento antes de salir. Su reposo en la habitación se había convertido en un refugio. Si salía, si recorría el pueblo como en el pasado, sentiría una gran soledad.
De pronto, mientras cepillaba su cabello, escuchó el jaleó de las personas en el gran salón. De las voces bajas, pasaron a gritos de alegría. Con el ceño fruncido, dejó el cepillo y decidió dejar su cabello libre de trenzas antes de salir hacia el salón.
—¡Bienvenidos!
Gyda se escondió en un rincón apartado de la multitud, cerca de la silla de su padre. Calentó sus manos en el fuego mientras miraba con curiosidad al grupo que se acercaba. Notó entonces al rey Horik y a su hijo Erlendur rodeados por lo que parecía ser su familia. Habían niños de distintas edades y por primera vez vió una sonrisa genuina en los rostros del rey y su hijo. Gyda tuvo que apartarse de su lugar en cuanto vió al rey y a su familia subir hacia donde ella se encontraba. Se fundió con la multitud y los observó como pudo entre las altas personas.
—Ragnar Lothbrok, mi amigo y aliado, y toda su familia reunida, déjame presentarte debidamente a mi esposa, Gunnhild y a mis hijos —habló el rey Horik delante de su padre.