Me costó trabajo no tomarla en el auto, incluso cuando llegamos a casa deseé empujar su asiento y subir sobre ella, deseaba tanto ser parte del placer que había tenido con mis manos.
Demonios, amé escucharla gemir.
Amé su mano tímida acariciando mi erección, deseé que se atreviera a meterla dentro de mi pantalón, deseé sentir sus dedos presionando mi miembro duro, pero me dije a mi mismo que debía ir con calma.
Imaginé por su timidez que no debía tener la experiencia necesaria, algo que al machista que vivía en mí le gustó. Me gustó pensar que esa niña no había follado tanto como para ser ella quien tomara el control.
Por mi hija siempre he querido pensar que las chicas de esa edad no pueden tener experiencia en algo así, pero el club me ha hecho ver la realidad, ver a chicas que apenas han cumplido la mayoría de edad teniendo sexo y actuando como mujeres experimentadas me ha dado una idea de lo equivocado que estaba., pero Amelia no era de esas niñas, sí, quizá había tenido sexo en más oportunidades de las que me gustaría admitir, pero eso no la había hecho cambiar su timidez y la razón es que nadie le dio la confianza para hacerlo.
Besé su frente cuando entramos a la casa, ella se alejó de mi cuello y observó.
—Vaya, que mal te ha ido en la vida. —sonreí ante su comentario— ¿Siempre viviste bien?
—Mientras viví con mis padres sí, cuando me casé supe lo que costaba obtener esas comodidades... me tardé una década en vivir cómodo otra vez.
—Así que esta casa es producto de tu trabajo... —asentí mientras la dejaba en el sofá— Te felicito... es un lugar hermoso.
Me hubiera gustado preguntarle si ella no había crecido en esas comodidades, era tan bonita que no quise imaginarla pasando algún tipo de necesidad.
Me senté a su lado y sus manos se fueron sobre mi rostro. Me miró con ternura y al verla sonreír otra vez me sentí cautivado.
—¿Eres real? —preguntó de nuevo, sonreí avergonzado.
—Cuando me conozcas un poco más sabrás lo que lo soy...
Sin poder evitarlo volví a besarla y el fuego que estaba consumiéndome volvió a arder con intensidad.
La deseaba de una manera desesperante, con una intensidad que me empezaba a enloquecer porque no quería lucir tan necesitado, no quería que se sintiera abrumada por mis ganas locas de hundirme en ella.
Tuve de nuevo que ser un hombre maduro y me controlé. Mordí sus labios y ella suspiró.
—¿Quieres tomar algo? —susurré aun saboreando su boca, ella se encogió de hombros— ¿Vino?
—De acuerdo... —susurró avergonzada, no supe por qué.
¡Mierda! Es tan adorable.
Me costaba controlar mis ganas de arrastrarla hasta mi habitación y quitarle ese bonito vestido negro. Me liberé de su dulce mirada y caminé hacia el bar. Tomé dos copas y busqué un vino suave y dulce... cómo ella.
—¿Qué haces en tu tiempo libre? —me preguntó.
—Follar...
Estaba de espalda a ella, pero su silencio me hizo sonreír. Terminé de llenar las copas y giré. No pude evitar reírme, me encantaba cuando se sonrojaba así.
—Oh... creo que te referías a algún deporte o algo así... ¿verdad? —Amelia sonrió, le entregué la copa y ella la tomó— Me gusta montar a caballo, lo amo, también salgo a correr, lo hago cada mañana, leer, escuchar música, viajar... follar.
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Despertar
RomantikAmelia solía suspirar por esas historias románticas que caían en sus manos gracias a su trabajo en una editorial. Llena de sueños por cumplir, con solo 24 años solía imaginar la forma como conocería a su príncipe azul, un hombre honesto y fiel capaz...
