Capítulo 34

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Me moví sobre mis sábanas buscando su calidez, pero estaba solo. Me froté los ojos mientras intentaba acostumbrarme a la suave luz que entraba desde la ventana y por el sol que aún no llegaba al balcón supe que era temprano y me sorprendí que Amelia no estuviera durmiendo junto a mí cuando era yo quien solía madrugar.

Bajé de la cama y caminé hacia mi balcón para admirar ese lugar que durante 40 años había sido mi hogar. Algunas cosas estaban cómo siempre, los arboles más grandes y viejos, la caballeriza donde pasaba la mayor parte del tiempo. La piscina en un principio era pequeña, pero la agrandé cuando heredé la propiedad después de la muerte de mi padre.

Anto amaba nadar y cuando la invadíamos todos nos empezó a quedar pequeña así que decidí modificarla y hacerla más grande y modena.

De niño solía quedarme mirando desde aquí hasta que mamá venía a buscarme para desayunar, luego papá y yo salíamos a montar... fui tan feliz cuando era niño. He sido un hombre afortunado, incluso cuando cometí errores.

Mis padres siempre me apoyaron y me dejaron lecciones que me hacía sentir orgulloso de lo que soy.

Terminé de despertar y caminé hacia mi closet en busca de ropa adecuada. Al abrir la puerta me detuve en la entrada y sonreí como tonto al ver lo que ella había dejado para mí.

En el pequeño sofá marrón había una caja de regalo y en mi pared estaba pegada una hoja pintada con muchos colores que decía.

¨Si eres el cumpleañero, ábreme¨

sonreí encantado y caminé hacia lo que parecía mi regalo.

La idea de que haya dejado alguna ropa alocada me asustó, pues, aunque me creía muy joven, mi gusto al vestir siempre fue bastante formal, por no decir anticuado.

Al tomar la caja la acaricié con amor pensando que ella la había elegido especialmente para mí. Con temor desarmé el lazo azul y levanté la tapa. Un papel de seda gris cubrió lo que fuera que había comprado y haciéndome el valiente lo abrí.

Tú nunca me decepcionas, Amelia

Dentro de la casa había un suéter beige de hilo, bastante bonito. Lo levanté y me di cuenta que había elegido comprarle al diseñador que durante años me había vestido, algo que me cortó la alegría porque sus prendas no solían ser nada económicas.

No arruines el regalo —me digo a mí mismo— Luego me encargaré de devolverle el gasto.

Doblé la prenda con la intención de guardarla, pero había una tarjeta en el interior de la caja así que la tomé. Le quité el sobre gris brilloso que lleva un corazón como sello y leí.

Alguna vez me pregunté qué era el amor y solo encontré la respuesta cuando te conocí. Cuando nos vimos en la cafetería y me reconociste, cuando te dije adiós rogando que no me dejarás ir y me detuviste para pedirme mi número... ahí supe la respuesta...

El amor, el amor eres tú, Sebastián Becquer.

Y mientras mi corazón se agitaba a causa de sus palabras, mis dedos acariciaban las letras como si se tratara de ella misma. Volví a leer su nota encantado, entendiendo de nuevo la razón por la que esa hermosa joven me había conquistado... Amelia era maravillosa.

Dejé de actuar como tonto y regresé el suéter en su lugar, pero la tarjeta la guardé en el cajón de mis relojes, mi lugar favorito del closet.

Caminé hacia la ducha y me doy un rápido baño. Rebajé un poco mi barba y me miré con atención al espejo.

El hombre frente a mí ya no era joven, ya se marcan algunas líneas en los ojos al sonreír, pero nada de eso me importaba, porque mientras me observaba seguía sintiéndome satisfecho del hombre que era, me sentía orgulloso de mí mismo.

DespertarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora