Eran casi las cinco de la tarde cuando salí de la junta y caminé hacia la oficina que solía usar en San Mateo.
Me había pasado el día entrando y saliendo de reuniones, pero me sentía más tranquilo al ver que los problemas eran manejables.
La jefa de control de calidad apareció cuando estoy en la puerta y se ganó una de mis sonrisas más sinceras cuando vi la taza de café que traía en las manos.
—No sé si le gusta el café... —comentó la joven de cabello cobrizo.
Mi sonrisa se hizo más amplia y la invité a entrar cuando abrí la puerta de la oficina.
—Gracias, ingeniero Becquer —susurró.
Intenté no mirar lo bien que le quedaba el uniforme de la fábrica, pero me resultó imposible porque tenía un culo demasiado llamativo.
—¿Sí le gusta? —preguntó.
Adopté mi postura de jefe y hombre serio hasta que entendí que su pregunta era por el café y no por su culo.
«Concéntrate, Sebastián»
—Sin café no vivo —respondí caminando hacia mi sillón.
Ella dejó la pequeña bandeja que llevaba en las manos sobre el escritorio y me miró.
—Este café es de la región, personalmente es mi favorito... espero le guste.
Volví a sonreírle mientras tomó una cucharita.
—¿Azúcar? —preguntó levantando un sobre individual del azúcar que hacíamos.
—Obviamente —respondo.
Su sonrisa se amplía cuando llevó su mirada a mis manos, hasta se le iluminaron los ojos al ver que no llevaba ningún anillo.
Ilógicamente me di cuenta de que en este momento de mi vida me sentía más comprometido que cuando lo llevaba.
—¿Cuantas? —preguntó levantando la cucharita.
—Una, por favor.
Tomé la taza cuando ella la dejó a mi lado y disfruté del sabor intenso del café. Mi cuerpo se sintió agradecido por eso, después de tantas reuniones era justo lo que necesitaba.
—¿Le gusta? —me preguntó, yo asentí.
—¿Dices que lo hacen aquí? —ella asintió con orgullo—Excelente, muy bueno.
—Me alegra que le haya gustado —respondió— ¿Le parece si busco mi computador para revisar los informes?
—Sí, por favor.
—Está bien, enseguida regreso, ingeniero.
Ella salió de mi oficina y yo volví a beber mi café.
Encendí mi computadora para revisar los informes con la joven, pero mi teléfono se encendió sobre el escritorio y respondí.
—Hola Andrés...
—Hola Sebas, ¿sigues en San Mateo?
—Sí, llegué a medio día... me iré sobre las 11.
La joven apareció con su laptop en las manos y la invité a entrar. Dejó su computador sobre mi escritorio, pero no se sentó.
—Vaya —susurró Andrés— pensé que postergarías tu viaje por la visita de tus suegros.
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Despertar
RomanceAmelia solía suspirar por esas historias románticas que caían en sus manos gracias a su trabajo en una editorial. Llena de sueños por cumplir, con solo 24 años solía imaginar la forma como conocería a su príncipe azul, un hombre honesto y fiel capaz...
