Capítulo 21

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Mis ojos se abrieron cuando escuché el sonido de los pájaros cantando. A través de la ventana solo podía ver plantas, árboles y sonreí al pensar en él.

Me giré sobre la gran cama que tenía en su casa de campo. Aquella donde volví a verlo, donde me enteré que era el padre de mi nueva amiga. Donde me hizo el amor en el establo, ese lugar hermoso donde él tanto amaba estar.

Llevábamos dos días allí y juro que había sido la mejor reconciliación de todas. Hemos tenido sexo en cada rincón de su casa, somos como un par de adolescentes con las hormonas alteradas y no me estaba quejando, al contrario, lo estaba disfrutando tanto.

Me estiré y salí de la cama, caminé hacia la ventana y mi sonrisa descara apareció al verlo subido en aquel hermoso caballo.

Me sentía tan enamorada, tan embobada con ese hombre que no era capaz de despertar de mi burbuja de felicidad cuando él estaba a mi lado.

Sebastián saltó sobre los obstáculos con total facilidad y yo disfruté de verlo practicar su deporte favorito. Es tan bueno montando que podría participar en una competencia oficial, pero él decía que solo lo hacía por placer.

Me puse las botas y salí de su habitación, bajé las escaleras danzando como una niña feliz, porque era así como me sentía.

Salí de su casa y me detuve junto a uno de los árboles desde donde pude admirar lo guapo que lucía mientras está concentrado en cabalgar a Aquiles.

Sebastián estaba usando un jean negro, botas marrones, una camiseta beige y una camisa abierta que se movía con el viento. Los puños los tiene abiertos y doblados de forma despreocupada. Lucía como un hombre de campo, de esos que debió ser en su juventud. Alguien que amaba la naturaleza, la paz y a los animales, un hombre sencillo y jodidamente guapo.

Mordí mis labios cuando se detuvo y bajó de Aquiles, lo llevó a un lado y le acarició la cabeza con tanto cariño y sabía la razón. Su padre se lo regaló cuando cumplió 18 años y es la razón por la que iba con frecuencia a su pueblo. Aquiles era un caballo criollo fuerte y ágil, con esa presencia que destacaba entre los demás, al igual que su guapo dueño que lo llenaba de cariño por unos minutos más antes de darse cuenta que estaba babeando la camisa que me prestó para dormir.

Sebastián me sonrió de lado, mostrando esos maravillosos hoyos en sus mejillas que tanto me gustaba. Ató a Aquiles y después de darle un poco más de cariño se alejó de él y caminó hacia donde yo estaba. Saltó entre los palos que dividían el aérea donde practicaba equitación y se limpió el sudor de su frente con un pañuelo que sacó de su bolsillo trasero.

Quise decirle que verlo vestido así me encantaba y que siempre estaba deseando tener sexo con él cuando vestía de forma tan ruda, pero no me atreví a mencionarlo y solo mordí mis labios para controlar mis pensamientos húmedos.

Buen día, hermosa —susurró inclinándose hacia mí y besando mis labios.

Le rodeé el cuello con mis manos y logré que su cuerpo se presiona contra el mío, él me presionó contra el árbol y su beso se hizo más profundo, más ardiente y estuve jadeando de placer con ese delicioso momento.

Sebastián apretó mi trasero con ambas manos y me subió sobre su cintura, lo miré y él sonríe mientras me movía sobre esa erección que pronto se hizo presente.

Nunca había tenido un novio de su edad, pero debo decir que los de mí edad no eran como él, no es que no tuvieran ganas de follar, pero era a mí a la que no se le apetecía ser usada para que ellos liberen su deseo y yo quedarme con la sensación de que el deseo animal no había nacido para mí... pero llegó él y cada día quiero follarlo, cada día necesito de sus atenciones, de su experiencia... de esa pasión que al mezclarse con el amor con el que suele mirarme se convierte en mi droga favorita.

DespertarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora