Capítulo 20

257 20 4
                                        

Ella se ha quedado dormida en el asiento de mi auto. Ha llorado tanto que aún siento mi pecho oprimido como si yo lo hubiese hecho. Andrés me envía un mensaje asegurándome que Pamela está a salvo en su casa así que se lo agradezco con una nota de voz.

Ni siquiera sé cómo se le ocurrió ir al club, no me cabe en la cabeza cómo pudo querer ir si la última vez que estuvo allí casi vomita sobre mí.

Espero que la puerta de mi estacionamiento se eleve y meto mi auto dentro del garaje. Apago el motor y me quedo mirándola.

¿Qué te estoy haciendo? —susurré con pesar—. Odio hacerte llorar.

Bajé de mi auto y caminé hacia la puerta del copiloto donde ella dormía tranquila. La tomé en mis brazos y Amelia se abrazó a mí, le besé la frente y caminé con ella dentro de mi casa, seguí hasta mi habitación y la dejé sobre mí cama.

Le quité los zapatos de tacón y observé lo hermosa que luce con ese diminuto vestido. Me obligué a no fantasear con ella porque, aunque la desee tanto no puedo siquiera intentar seducirla, no estando tan ebria.

Ha sido unos días de mierda, la he pasado tan mal y todo empeoró cuando Andrés me llamó para decirme que la había visto entrando al club. No entendí lo que pretendía hacer y por insistencia de mi amigo decidí no acercarme hasta ser necesario, pero no ha sido nada agradable. Quizá ella no pueda entenderlo, pero las cosas no son de ese modo.

Las personas que disfrutamos del intercambio de pareja no estamos ligando con desconocidos cada noche, no pretendemos divertirnos sin que nuestras parejas estén de acuerdo y presente.

El Swinger en un juego del que los que estamos comprometidos debemos disfrutarlo con respeto, pero no del modo que Amelia lo hizo.

He querido matar a ese idiota que la besó. Los celos crecieron tan rápido que hice que lo sacaran del club y le negaran el ingreso para siempre.

Sí, sé que no he actuado de forma correcta, pero no me arrepiento, no quiero ver a ese sujeto nunca más en mi club y mucho menos cerca de Amelia.

Me quité la chaqueta y la dejé sobre el sofá. Me senté junto a ella y la observé mientras traté de no aceptar el hecho de que quizá esa sea la última vez que Amelia estaba en mi casa... en mi vida.

Salí de mi habitación y fui directo al bar, tomé un vaso y lo lleno de whiskie. Lo bebí por completo y traté de evitar que mis celos y ni mal humor se apoderen de mi razón, pero tenía la imagen de ella besando a ese hombre y quería matarlo.

Me cubrí el rostro tratando de calmarme, de olvidar ese asunto y recordarme que soy un hombre adulto que sabe controlar sus emociones, pero la verdad es que desde que Amelia apareció en mi vida lo que menos sé hacer es controlarme.

Me costaba tanto actuar con coherencia, me era tan difícil ser consecuente con mis decisiones.

Mi teléfono volvió a sonar y no quise responder, estaba agotado, mentalmente me sentía una mierda, emocionalmente desequilibrado, estaba perdiendo el juicio por una mujer que podría ser mi hija... ¡diablos!

Tomé mi teléfono al ver que no iban a desistir, me sorprendí de ver el rostro de mi exmujer en la pantalla.

Hola Marcella...

Sebas, perdona la hora... ¿te desperté?

Aun no duermo... ¿Qué sucede?

Ya volví —anuncia la madre de mi hija— Necesito hablar contigo...

¿Ahora?

DespertarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora