Capítulo 17

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Quería irme, quería llorar de rabia, de impotencia. Me había quedado con las ganas de responderle a la idiota mujer cuando insinuó que yo no era honesta. Antonieta no había entendido nada, en verdad parecía muy confundida y solo trató de entender a su tía... estúpida tía.

El mesero y dos personas más aparecieron con nuestros pedidos justo cuando Anto y Andrés volvieron.

Durante el almuerzo solo Antonieta y Andrés hablaban. Fue un almuerzo incómodo, demasiado para mi gusto.

Cuando terminamos de comer, Sebastián pagó la cuenta aun cuando Andrés intentó hacerlo. Ambos nos acompañaron hasta el auto, mientras Sebastián se despedía de su hija, Andrés extendió la mano hacia mí.

Lamento lo que sucedió con Luciana susurró el hombre prometo que no volverá a suceder...

No es tu culpa respondí tomando su mano no eres quien ha podido evitarlo y no lo hizo agregué cuando Sebastián estaba junto a nosotros Gracias por la comida, señor Becquer...

De nada... Fue todo lo que dijo.

Recuerda que no iré a casa hasta el jueves le recordó Antonieta sorprendiéndome.

Pórtate bien agregó Sebastián, ella asintió.

Salimos del lugar antes que ellos así que solo miré a través de la ventana sintiéndome aún más triste.

No te dejes llevar por la mala actitud de mi tía susurró mi amiga, quise burlarme de su comentario, pero me mordí la lengua para no hacerlo aunque a mamá nunca le agradó, ella siempre fue muy dulce conmigo...

Se follaba a tu padre, claro que quería agradarte.

¿A dónde irás? pregunté cambiando el tema.

Oh... ¿no te lo dije? preguntó sorprendida, yo negué es aniversario de mis abuelos y como mamá no está iré al pueblo unos días para alegrarles la vida...

Sonreí y deseé tener a mis abuelos para escaparme de todos como ella lo hacía, pero ellos habían muerto cuando yo era muy pequeña así que no podía huir a ningún lugar.

La tarde se hizo larga, casi no pude avanzar nada del trabajo, estaba con ese sentimiento desagradable jodiéndome, eran esas ganas de pelear, de llorar, de gritar... eran las ganas de abrazarlo y que me dijera que todo estaría bien, pero, aunque esperé una llamada, un mensaje, el muy idiota no dio señales de vida.

Eran casi las siete de la noche cuando salí del edificio. Todos se habían marchado temprano, pero yo no tenía ganas de llegar a casa así que extendí un poco más mi horario, aunque claro, no había hecho gran cosa con él.

El portero abrió la puerta y mi corazón se aceleró al ver el auto de Sebastián en la entrada. Augusto estaba apoyado de este y me sonrió.

Buenas noches, señorita Amelia.

Buenas noches respondí.

El señor me ha pedido que la lleve...

Aunque no quise terminé burlándome de sus palabras o mejor dicho de la estúpida idea de Sebastián de enviar a su chofer cuando debió ir él.

Gracias respondí cuando el hombre abrió la puerta para mí pero dígale al señor, que prefiero ir en bus... buenas noches.

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