Capítulo 37

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Respondí las últimas preguntas del formulario y cuando estuve lista para enviarlo me tardé más tiempo del necesario en hacerlo.

Sabía que solo habían pasado tres días, tres días en los que me sentí furiosa, triste, decepcionada y otras furiosa. Pasé tres días esperando que apareciera, que me diera una tonta excusa a la que me pudiera aferrar para quitarme ese mal sentimiento que cada día me había quemado el alma, pero lo único que obtuve de él fue un estúpido mensaje pidiendo disculpas, solo eso... dos palabras... Lo siento.

Dos palabras que no lograron calmar mi dolor, ni mi rabia... ni nada.

Entonces presa de la rabia había decidido participar en el concurso y me prometí que, si lo ganaba, me iría y sé que lo haría, es por eso que lo estaba pensando antes de enviarlo, porque cuando lo hiciera no habría marcha atrás, pero en ese momento sentí seguro de lo que hacía así que lo envié.

Decidí marcharme a casa y dejar que el dolor que sentía me atrapara, decidí que ese día lloraría todo lo que necesitaba llorar, que dejaría que todo el dolor saliera de mí para poder volver a poner de pie, porque en ese momento solo me sentí morir sin él.

Cuando el sol salió y yo desperté, me sentí mucho mejor. Después de un baño largo y una buena taza de café me todo pintaba mejor o por lo menos me engañé a mí misma diciéndome que lo malo había pasado.

Te ves mejor —comentó Pam cuando apareció frente a mí— Voy a la universidad a recoger unos papeles... ¿te sientes bien?

No te preocupes por mí... me quedaré aquí, ve tranquila.

Ella suspiró y besó mi frente, caminó hacia la puerta y se marchó sin decir nada más.

Cuando estuve sola, las ganas de llorar regresaron, pero me obligué a calmarme cuando mi teléfono empezó a vibrar sobre la mesa de noche.

Una parte de mí, esa que seguía perdidamente enamorada de Sebastián pensó que él llamaría para hacerme cambiar de opinión.

Lo tomé de inmediato y al ver el nombre de mi jefa en la pantalla, la tristeza me atrapó con más fuerza.

Tuve que hacer un gran esfuerzo para controlar mi tristeza y solo respondí la llamada.

Señora, Cleiton, buen día —saludé.

Amelia, cariño... ¿cómo sigues?

Me sentí culpable de su preocupación, pero solo se me ocurrió decir que tenía un fuerte resfriado para no ir a trabajar.

Mejor, gracias...

Oh me alegro mucho porque quería pedirte un favor...

Dígame, ¿en qué puedo ayudarla?

Amelia, hoy vendrá el nuevo dueño a conocer la editorial... tendremos una reunión y necesito que estés presente.

¿Hoy? —pregunté con pesar.

Sí, cariño, le hubiera dicho a Antonieta, pero ella pidió permiso hoy, ¿crees que puedas venir? Por favor, necesito a una de ustedes en esa reunión.

La idea de ir a la editorial sintiéndome tan mal no me agradó, pero no pude negarme así que acepté y me obligué a salir de la cama.

Al verme al espejo me di cuenta de lo mal que me veía pero fácilmente podría pensar que es a causa del resfriado que luzco tan mal.

Después de una ducha larga y ropa adecuada me sentí mejor. Por lo menos las ganas de llorar se habían calmado.

El taxi que pedí no se tomó mucho tiempo en llegar al edificio, como cosa extraña el trafico estaba siendo agradable.

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