Capítulo 43

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Me giré sobre el colchón y no me sorprendí de que ya no estuviera a mi lado. Sebastián era de esos hombres que siempre estaba de pie muy temprano por la mañana.

Me giré sobre las sabanas y sonreí al recordarnos en la madrugada. Ni siquiera sabía la hora en que llegó, pero como había prometido, él y su deseo por mí me regalaron una perfecta noche de pasión.

Sus besos me acompañaron hasta que el cansancio y el placer me sumergieron en un profundo sueño del que creo aun no he despertado porque mi felicidad sigue intacta.

Salté de la cama y corrí hacia su balcón. Empujé las puertas y no me fue difícil verlo montando a su hermoso caballo.

¡Buen día, cariño! —gritó mi madre.

La busqué con la mirada y me di cuenta de que ella y mi padre estaban junto al árbol mirándome.

Les sonrío avergonzada porque era evidente que me había visto babeando por el hombre que cabalga detrás de ellos.

Buen día —respondí.

Vuelvo a mirar a Sebastián y sonreí mientras admiraba su forma de dominar a su caballo como a todo a su alrededor y sin necesidad de imponerse, con él todo es consensuado.

«Qué afortunada soy»

Voy a vestirme y bajaré —anuncié a mis padres, ambos sonrieron.

Regresé a la habitación y fui corriendo hacia la ducha. No me tomé más tiempo del necesario para asearme y vestirme de forma adecuada.

Corrí escalera abajo y salí de la casa hacia donde estaban mis padres mirando a mi hombre cabalgar como un profesional.

Salté sobre la espalda de papá y él empezó a reírse, como siempre que lo hacía. Se giró y me rodeó en sus brazos y como cuando era niña, me sentí a salvo entre sus brazos.

Buen día, cariño —me dijo.

Susurra mi padre besando mi frente.

Buen día, papito.

Continué aferrada a él por varios minutos y mi madre solo acarició mi cabello.

Amo verte feliz —susurró papá, yo levanté la mirada.

Estoy enamorada y estoy feliz de estarlo.

Papá pasó su mano sobre todo mi rostro y me hizo reír.

Como si hiciera falta que lo dijeras... —respondió él— como si tus ojos no tuvieran forma de corazones rojos que brillan cuando lo ves.

¡Exagerado!

Pero en ese instante mi corazón se detuvo cuando Sebastián saltó de Aquiles y se quedó de pie mirándome, sonriéndome.

Una carcajada de papá me hizo volver mi atención a él.

Ahí están... tus ojos con forma de corazón.

Mis mejillas se sonrojaron y él me dio un beso en cada una de ellas para luego liberarme.

Bien, no seré el padre celoso y dejaré que corras a saludarlo —mi sonrisa descarada se amplió— estoy seguro de que me empujarías si no lo hago.

Estás de buen humor, ¡eh! —grité besando su mejilla.

Sin esperar más corrí hacia donde estaba Sebastián y salté los palos de madera que dividen el área de equitación.

¡Cuidado te lastimas! —gritó Sebastián.

Yo lo ignoré y llegué a él. Salté sobre su cuello y me abracé a su cuerpo como si no lo hubiera visto en días, semanas. Como si no me hubiera hecho el amor durante toda la noche, como si no hubiera despertado con el aroma de su piel en la mía.

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