Capítulo 26

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Un golpe en la puerta me hizo alejarme de la ventana y me aseguré de que mi pantalón estuviera correctamente cerrado.

Aún me temblaban las piernas a causa del encuentro que tuvimos en el baño. En verdad no pretendía follarla estando tan molesto, tampoco esperé que ella me lo permitiera después de la discusión que tuvimos todo el día, pero gracias al cielo no me ha rechazó.

Abro la puerta aun estando sin camisa y Sil aparece con una bandeja en las manos.

Señor, le traje su chocolate... —me hice a un lado y la dejé entrar.

Sil era la más joven de las chicas que trabajaba en el club. Creo tenía 29 años, pero lucía como una de 22. Era tímida, pero disfrutaba del sexo con tanta transparencia que los primeros años cuando llegó no pude evitar relacionarme con ella.

El sexo era perfecto, ella era perfecta, hermosa y dulce, su único problema fue que era una sumisa y yo no soy de esos hombres que le gusta ir todo el día dándole órdenes a una mujer.

¿Desea algo más, señor?

Sus ojos me miraron con tanto cariño que me hizo recordar esa época que compartimos juntos por la cual le tengo cariño.

Levanté mi mano y le acaricié el rostro, ella cerró los ojos.

No —susurré— Muchas gracias, Sil.

La puerta del baño se abrió antes de lo que esperaba y Amelia me miró con cara de asesina al ver mi mano sobre la mejilla de la joven, me alejé de inmediato como si de ello dependiera mi vida.

Sil observó a Amelia y parecía sorprendida. Inclinó la cabeza en saludo y salió de la suite sin decir nada más.

Como si no tuviera suficientes motivos para discutir con Amelia, estaba seguro de que Sil sería otro que agregaré a la lista de mi amada y celosa mujer.

¿Puedes pedirme un taxi? —preguntó otra vez molesta.

Santo Dios, esta niña nunca baja la guardia.

No —respondí con tranquilidad— primero vas a beber este chocolate y vamos a hablar un poco.

Sabía que su mala cara era a causa del Sil, porque después del sexo que tuvimos su mal humor parecía haberse calmado un poco, pero otra vez me había metido en líos.

¿Quién es? —preguntó sin titubeos.

Caminó a la barra y se sentó en uno de los taburetes. Me hice el tonto y finjo que no he entendido la pregunta.

La joven que se fue —me aclaró— ¿Quién es?

Oh...

Eres tan malo disimulando, Sebastián.

Trabaja aquí —respondí abriendo el envase de malvaviscos— ¿Te gusta con esto? —le pregunté.

Amelia se cruzó de brazos y por su cara supe que si no hablaba todo empeoraría

¿Qué?

Ella no respondió, bajó del taburete y se aseguró el cinturón de la bata que le había dado. Caminó hacia el sofá donde había dejado su diminuto bolso y cuando me di cuenta que iba a marcharse tuve que correr para sostener la puerta y evitar que la abriera.

Amelia se giró y me regaló otra de esas miradas venenosas.

Me iré a casa —agregó con el ceño fruncido— estoy cansada y no tengo ganas de que me creas tonta.

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