Capítulo 53

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Observo el cielo desde mi ventana, desde mi cama. El silencio al estar sola en casa es delicioso, lo necesitaba y estoy agradecida de no haber tenido que ir a trabajar hoy, gracias a Dios Ana siempre me entiende.

Creí que se me habían terminado las lágrimas para Sebastián, creí que lo había llorado lo suficiente, pero siempre hay un poco más de dolor que dejar ir y finalmente lo había hecho.

Ha dolido... mucho, pero creo que estaré mejor, o eso espero.

Él se marchó, ayer domingo tomó su vuelo y volvió a casa.

Otra vez deseé que las cosas fueran diferentes, otra vez me quedé esperando por algo que no iba a suceder, pero está bien porque está vez no esperaré más, ahora tomaré mi vida y la seguiré sin mirar más atrás.

Me levanto cuando me doy cuenta de que he pasado el día entero en mi cama sin hacer nada cuando debo empacar. Desearía no tener que viajar, pero ya les había dicho a mis padres y no podía arrepentirme ahora.

Elijo ropa ligera porque el clima empieza a cambiar, sé por mi madre que mi ciudad está caliente así que solo llevo vestidos para la semana.

Casi una hora después tengo la maleta lista y el corazón más tranquilo. Camino descalza hasta la cocina, saco la botella de jugo de naranja y me sirvo en un vaso mientras observo como el cielo empieza a oscurecer.

La puerta se abre de pronto y Pam junto a Ana aparecen. Estoy sorprendida de ver a mi jefa allí, pero al ver su cara de preocupación solo le sonrío.

Joder, tía —exclama acercándose— Que mal la llevas...

Le sonrío a su bendita sinceridad y ella me besa las mejillas.

¿Me extrañaste? —trato de bromear.

No tanto... Pam es una buena suplente, la verdad.

Sonrío porque sé lo buena que es haciendo su trabajo y hasta el mío.

Anabelle levanta una botella de vino y yo me sorprendo.

Tengo problemas con mi marido... —me explica— necesito beber con alguien o voy a matarlo.

Pam se ríe y le quita la botella mientras va a la cocina para abrirla. Ana con su metro setenta y tantos se mueve hasta el sofá y se deja caer sobre él.

¿Estás bien? —le pregunto, ella sonríe y me mira.

Mejor que tú, seguro cariño.

Me siento frente a ella y Pamela regresa con la botella y dos copas que nos entrega a cada una.

Yo no puedo beber —le digo— voy a viajar.

¡Joder tía! —se queja mi jefa— ¿Nunca has montado un avión ebria? —niego de inmediato y ella empieza a reírse— ¡No pues! Eres muy valiente para ir a un club swinger, pero no rompes las reglas de vuelvo.

Volarás a las seis —me dice Pamela tomando la botella— dormirás toda la noche y el alcohol ni estará en tus venas...

¡Eso! —grita mi jefa— Así que venga... vamos a beber que hoy necesito desahogarme.

Pamela me hace caras para que no me queje así que no lo hago. Ella llena nuestras copas y se sienta a mi lado para escuchar a mi jefa en su mal día, que de todo el tiempo que tenemos conociéndola no han sido más de tres.

Siempre he querido ser mamá —nos dice con pesar— y mira que practicamos —bromea en medio de su tristeza— pero nada... —lamenta y suspira— nos han hecho pruebas y todo está bien... pero algo pasó hoy, algo extraño —la miramos en silencio y ella intenta ocultar su molestia— encontré un recibo de una cirugía de mi marido, una cirugía que no sabía que se había hecho... le he preguntado y me ha echado un cuento que no le creo...

DespertarDonde viven las historias. Descúbrelo ahora