Estaba sentada debajo del árbol mientras él cepillaba a Aquiles, un purasangre al cual Sebastián amaba con locura.
Sus manos se movían sobre el pelaje del caballo con devoción y yo solo lo contemplé con amor, con admiración.
Sus verdes ojos me miraron y su maravillosa sonrisa apareció. Mi estómago se emocionó de inmediato.
Lo amaba tanto, tanto... tanto.
Llevábamos dos días en su casa de campo, me había convencido para invitar a mis padres allí, la idea no me pareció tan buena, pero recordé que tenía todo empacado en el apartamento y si los llevaba tendría que contarles mi decisión así que preferí aceptar la idea de Sebastián.
Él viajaría a San Mateo así que estaría sola con mis padres allí.
Me levanté del césped donde estaba sentada y me acerqué a ellos. Su caballo no se inmutó cuando lo acaricie y eso hizo que Sebastián sonriera con más amplitud.
—Ni él se resiste a ti —susurró, yo sonreí.
Desde la primera vez que estuve cerca de Aquiles, él nunca se alteró con mi presencia, no sabía la razón por la cual Aquiles me quería, pero me hacía feliz.
—Es hermoso —susurré acariciándole.
—¿Quieres montarlo? —me preguntó.
Lo miro sorprendida porque jamás me había ofrecido hacerlo. Siempre había montado a Maldi, una yegua muy mansa con la que me había dado clases de equitación.
—Dijiste que era peligroso —le recordé.
—Creo que se portará bien —se inclinó para besar a Aquiles y el caballo continuó calmado— ¿Quieres que te monte? —le preguntó al caballo, yo sonreí— es buena haciéndolo.
Me ruboricé sin poder evitarlo y él sonrió aun cuando no giró a mirarme.
Besó una vez más a Aquiles y me miró.
—¿Qué dices? —me preguntó— ¿Te atreves a montarlo?
—¿Contigo?
Sebastián asintió.
Miré de nuevo a Aquiles y aunque me puso nerviosa la idea, terminé asintiendo.
Sebastián extendió su mano, la tomé y él sujetó las riendas de Aquiles para que no se moviera.
Estuve temblando mientras me ayudó a subir a su caballo. Me sudaban hasta las manos y mi corazón estaba latiendo con más fuerza.
Cuando él logró sentarme sobre la silla, Aquiles se quejó y yo sostuve con más fuerza las riendas.
—Tranquilo Aquiles —— Tranquilo...
Aquiles obedeció a su dueño y dejó de rechazarme.
Respiré hondo para tratar de calmar mis nervios.
Sebastián haciendo gala de su experiencia, dio un salto y se sentó detrás de mí sosteniéndome de la cintura con firmeza.
Aquiles volvió a moverse quejándose de nosotros, pero Sebastián logró calmarlo.
—¿Asustada? —susurró en mi oreja.
—Un poco...
—Deja que se acostumbre a ti.
Sebastián me besó el cuello y movió las riendas. Aquiles empezó a caminar con calma.
—Hasta hoy, solo lo había montado yo...
Lo miré asombrada y él sonrió con orgullo mientras su caballo siguió caminando con tranquilidad.
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Despertar
RomantikAmelia solía suspirar por esas historias románticas que caían en sus manos gracias a su trabajo en una editorial. Llena de sueños por cumplir, con solo 24 años solía imaginar la forma como conocería a su príncipe azul, un hombre honesto y fiel capaz...
