¿Del odio al amor? ¡Hay un estúpido cupido!
Olivia Sinclair tiene una vida tranquila, sin muchas pretensiones más que ayudar a su familia económicamente.
El único problema con el cuál debe...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—Gracias por venir —Melanie me sonrió y se sentó en la cama de Jo, que estaba junto a la mía. Es la primera visita que recibo de la oficina, pero durante todo el día muchas personas me llamaron para saber de mi estado. Yo estoy bien, aún no procesaba del todo lo que había ocurrido la otra noche, pero no podía hundirme. No me lo permití.
No le daría el gusto al bastardo de verme intimidada, que por cierto lo estaba, pero jamás lo demostraría.
En mi corazón había una grieta que manejaba los hilos de mis emociones, pero mi dignidad estaba completa, no en su mejor estado, pero se mantenía indemne.
—En cuanto salí de la oficina le pedí a Caleb que me trajera. Estaba preocupada —Tomé la mano que me tendía y le sonreí para calmarla.
—Estoy bien.
—Tu rostro no dice lo mismo —Diez minutos antes de que Mel llegara, salí del baño en el que estuve encerrada durante toda la tarde. Fue difícil alzar la vista y toparme con mi reflejo, no quería ver las huellas que había dejado en mi cuerpo. Verlas hacía todo real, eran la constatación de que un tipo trató de abusar de mí la noche anterior. Cuando me armé de valor pude ver a una mujer asustada, que rememoraba a cada segundo aquellas manos insidiosas con las cuales tendría pesadillas durante varias noches. Lo odiaba por colocar ese único recuerdo en mi cabeza en las últimas horas, por sentirme asqueada de los lugares en los que me tocó. Me sentía ofendida por su maltrato y la rabia no me dejaba tener un segundo de paz, pero no quería exteriorizar mi sentir por mis padres. No les había dicho la verdad, simplemente dije que había sido víctima de un ladrón demasiado violento. Tan implacable que me dejó un ojo morado y un labio roto. Ni siquiera fui capaz de enseñarle las marcas que tenía en los brazos y en los muslos debido al forcejeo. La única que me contuvo durante la noche fue Jo, por supuesto que ella sabía la verdad y lloró conmigo.
—Doy asco —Murmuré.
—No, por supuesto que no —Ella se levantó y se sentó en mi cama—. Maximilian me explicó lo sucedido, supongo que lo hizo porque sabe que soy tu amiga —Asentí—. Está preocupado.
—Si él no llega a tiempo...
—Lo importante es que llegó —Me enjugué una lágrima—. Tu familia no sabe —No era una pregunta.
—No, no estoy preparada para que mis padres lo sepan aún. Jo lo sabe.
—Me parece bien que tengas en Jo un apoyo —Mel me soltó de las manos para entregarme una bolsa. En cuanto vi el logo sonreí—. Tu jefe me pidió que te entregara esto. Mencionó que no sabe cuál es tu sabor favorito, así que hay varios potes de helados. Fue él mismo a la tienda —Sonrió.
—¿Sabes lo que haría de este helado aún más rico?
—¿Qué?
—Que esté sobre el cuerpo de Maximilian —Las dos reímos y aquello fue el detonante, la fuerza que me impulsó a dejar caer las lágrimas, porque ya no aguantaba. La risa, que muchas veces fue mi escape, no me brindó el consuelo de siempre. Melanie me dio un abrazo sólido y yo no me resistí. Necesitaba un abrazo, contención y, aunque no lo necesitara porque mis ideas estaban claras, precisaba de alguien que dijera que yo no era la culpable.