¿Del odio al amor? ¡Hay un estúpido cupido!
Olivia Sinclair tiene una vida tranquila, sin muchas pretensiones más que ayudar a su familia económicamente.
El único problema con el cuál debe...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Mi corazón latía de manera desbocada, de aquella manera que siempre quise que latiera cuando veía a Micah, pero era casi una broma de mal gusto.
Con una sonrisa y una mirada divertida Max provocaba lo que jamás consiguió Micah en mí.
Y era injusto.
Tan injusto que apareciera ahora, cuando más firme sentía la tierra bajo mis pies.
Alzó la mano y ese simple gesto removió un batallón de insectos en mi pecho y en mi estómago.
—Señorita Sinclair —sonrió alargando la mano hacia mí—, es maravilloso saber de usted.
Tragué en seco y estreché su mano.
—Buenos días, señor Henderson —murmuré, y el contacto de su mano me transportó a Grecia, los dos riendo en el océano. Aparté con rapidez mi mano de la suya y di un paso atrás. La diversión escapó de sus ojos y él también retrocedió, como si temiera lastimarme. Carraspeó y miró a su padre.
—Supongo que ahora estás ocupado, quizás sea bueno que vuelva más tarde...
—No —lo corté—. Solo debe acordar una reunión para firmar el contrato, cuando me comunique con ellos dirigiré la llamada a su despacho, señor —cuando estaba a punto de salir de la oficina Alastair me llamó.
—Señorita Sinclair —lo miré—. Excelente trabajo —asentí y salí de la oficina temblando.
«Aún amas a ese hombre, Livy»
Corrí a la oficina de Melanie y cuando llegué ella estaba hablando, en cuanto me vio señaló la silla y se levantó aún hablando por teléfono. Preparó un café y me lo dio. Después de cinco minutos cortó y me volvió a mirar.
—¿Sucedió algo? ¿Necesitas que supervise tu trabajo mañana para que estés tranquila en tu primer día de clases? —negué y comencé a llorar.
—Volvió.
—¿Quién? ¿El periodo? ¡Ay! Ya te digo yo que eso es muy bueno, una tortura de unos pocos días, pero es muy bueno. Es un ahorro monumental de dinero, de horas de sueño, de...
—Max —la miré—. Max volvió —Mel se dejó caer en el asiento y me miró sorprendida.
—¿Volvió a Nueva York?
—Está en la oficina de su padre.
—Volvió el que no debe ser nombrado... —dejé el café sobre su escritorio, ella se levantó y se inclinó frente a mí—. No te puedes derrumbar ahora. Cuando llegues a casa puedes llorar todo lo que quieras, pero aquí no. Es la ley de supervivencia, Livy, el más fuerte gana y tú eres poderosa, amiga —me lancé a sus brazos y ella me recibió con cariño.
—No planeaba derrumbarme en este lugar, pero aún me afecta —ella me soltó con suavidad y me miró.