¿Del odio al amor? ¡Hay un estúpido cupido!
Olivia Sinclair tiene una vida tranquila, sin muchas pretensiones más que ayudar a su familia económicamente.
El único problema con el cuál debe...
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Estaba segura que el vuelo para Maximilian fue una completa tortura. Micah se negó tajantemente a viajar solo y se unió a nosotros en primera clase.
Odiaba los aviones, pero los dos hicieron que viera desde otra perspectiva aquel miedo, por ejemplo, Micah, me hizo reír durante todo el viaje. Max, sin embargo, no habló demasiado, pero jamás soltó mi mano.
Cuando aterrizamos en Nueva York, los dos esperaron con mucha paciencia que apareciera mi maleta perdida, que era la más importante por lo demás. En ella estaban los regalos para mi familia, ya imaginaba la sonrisa de Astra, porque no solo yo llevaba regalos. Max también tenía unos cuantos obsequios para ella.
—Ya casi es media noche —musitó Micah en medio de un bostezo cuando recuperé mi maleta perdida.
—¿Qué? —pregunté escandalizada. No le había dicho a nadie que volvía a Nueva York, les quería dar una sorpresa.
—Media noche, confirmado —reiteró Max mirando su reloj.
—Diablos, ¿me puedo ir contigo? —le pregunté a Micah. Él frunció la boca y negó.
—Lo siento, Livy. Tengo que ir al restaurant.
—¿Justo ahora?
—Es sábado —se excusó con una sonrisa—. Debe estar lleno —resoplé y miré a Max esperanzada.
—¿Crees que puedes dejarme en casa? —Max sonrió y arrugó la nariz.
—Mi madre me habló hace un momento, y ahora mismo va hacia mi departamento.
—¿En media noche? —pregunté entornando la mirada.
—Tiene muchas ganas de verme —sonrió.
Chasqueé la lengua, ¿qué clase de pretendientes son estos dos?
Agarre con fuerza las dos maletas y fruncí la boca.
—Esperaré tu mensaje, Livy —comentó Micah.
—¿De qué hablas? —pregunté malhumorada y fulminé con la mirada a Micah cuando contuvo una carcajada.
—Para saber que llegaste bien a casa.
—¡Oh! No se preocupen, pediré un taxi.
—Si quieres, puedes compartir tu ubicación —sugirió Max. Le lancé una mirada ácida antes de continuar.
—No, mi teléfono se quedó sin batería —bufé.
—Es una lástima —ironizó Micah.
—¿En serio me dejarán sola cuando más los necesito? —pregunté finalmente enfadada. ¡No lo podía creer! Durante todo el viaje estuve escuchando promesas, y ahora, cuando más los necesitaba me dejaban sola. ¡Era de no creer! ¡Qué pésimos pretendientes!
—Hemos estado juntos durante mucho tiempo, seguro ya estás aburrida de mí —sonrió Max.
—¡No! —exclamé casi en el mismo tono de Astra—. No quiero ir sola a casa.