¿Del odio al amor? ¡Hay un estúpido cupido!
Olivia Sinclair tiene una vida tranquila, sin muchas pretensiones más que ayudar a su familia económicamente.
El único problema con el cuál debe...
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—Alcancé a sacar una copia del manojo que tenía Maya, no quiere que venga a merodear a la casa hasta que esté amoblada, pero mi madre es curiosa y no tengo otro sitio en el que guardar su regalo —me explicó después de conducir casi treinta minutos. Era evidente que ellos vivirían en un barrio de personas millonarias. Podían permitirse aquello. Miraba las casas a través de la ventanilla y pensé en las fotos de las revistas de decoración, con mil habitaciones, con diez baños y piscina.
Me parecía una exageración para una pareja recién casada, ¿qué harían con diez baños? Cuando se aburrieran de un baño, cagarían en el otro.
—¿Qué le regalaste a tu madre? —pregunté después de un rato. Max me miró por unos segundos sonriendo y luego volvió a mirar la calle.
—Eres tan curiosa como mi madre.
—Bueno, no puedes ir por ahí diciendo que tienes un regalo. —rio y finalmente detuvo el auto. Di gracias a Dios, mi trasero estaba cuadrado.
—Bien, llegamos —suspiró mirando la casa mientras sus manos aún estaban sobre el volante—. El regalo de mi madre está en la habitación, si prefieres me esperas en la primera planta, recojo el obsequio y vamos a comer algo y me dices que es eso que debo saber, ¿te parece?
—Me parece —sonreí. Por alguna razón que desconocía, él parecía demasiado entusiasta por algo. Max no era un hombre que solía sonreír demasiado, aunque cuando fuimos amigos siempre se reía de mis disparates, pero ahora era diferente. Nos limitábamos a una relación cordial. Sabía que cuando le dijera la verdad, probablemente la cordialidad se iría a la mierda.
Odiaba a Maya por ponerme en esa situación. La odiaba más aún por engañar a Max cuando él la amaba tanto.
Según él en la casa estaría sola, pero cuando entramos las luces estaban encendidas y en el recibidor había una chaqueta que probablemente dejó a una familia de cocodrilos sin padre. Miré a Max con la ceja alzada.
—Demonios —susurró.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Maya está en la casa.
Me encogí de hombros. No me importaba, además, él me invitó. Esperaba que este inconveniente no frustrara mi intento en decirle la verdad.
Miré la bonita recepción, que era muy espaciosa. Max me dirigió por un pequeño pasillo para luego internarnos de lleno en la amplia sala. Todo era muy lujoso y moderno, con un gran ventanal a modo de pared con vistas maravillosas a un jardín verde. Había una escalera que se dividía y llevaba a lados opuestos de la casa.
Varios cuadros de la pareja vestían las blancas paredes laterales, supuse que Max había sido el autor de esas imágenes. No podía estar en esa casa con tanta evidencia concreta de la felicidad del hombre que amaba con otra mujer.