¿Del odio al amor? ¡Hay un estúpido cupido!
Olivia Sinclair tiene una vida tranquila, sin muchas pretensiones más que ayudar a su familia económicamente.
El único problema con el cuál debe...
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Todavía no estaba del todo segura, una vocecita en mi cabeza me estaba gritando para que diera la media vuelta y volviera a la seguridad de mi casa, pero mi corazón estaba golpeando con un bate para que se callara y me dejara en paz.
¿Adivinan quién ganó?
Santino me sonrió y me entregó una copa con champán.
—Te ves preciosa —miré mi atuendo y sonreí. Cuando Melanie me dijo que escogería un vestido para mí me asusté, lo admito. No me gustaba confiar en el cerebro cursi y embarazado de mi amiga, pero esta vez me equivoqué rotundamente porque su elección fue maravillosa. Mi vestuario era un faldón negro de tafetán que comenzaba desde la cintura hasta los tobillos y el peto era de encaje con cuello que enseñaba mis hombros un pelín maquillados. En mi defensa, debo asumir que mi piel es demasiado blanca y necesitaba recurrir a un tono un poquito más bronceado.
No me preocupé demasiado del cabello, Jo solo se las apañó con una cola baja que descansaba sobre uno de mis hombros.
—Gracias —le sonreí.
El salón donde se llevaba a cabo la fiesta, que estaba en la misma empresa, estaba decorado en tonos verdes y platas... un poco más, y parecía un homenaje a Slytherin.
Casi nunca utilizamos este lugar, un gran desperdicio por parte de Alastair que su hijo supo aprovechar demasiado bien.
No había un centenar de invitados, pero sí unas cuantas decenas. Algunos eran accionistas mayoritarios, como en el caso de Santino, y unos pocos socios y el resto éramos trabajadores mortales de Henderson Asociados.
Sé que se están preguntando: ¿Y Maximilian? Ya viene, no sean ansiosas. Aunque yo estaba igual cuando llegué. Lo único que ansiaba era que me viera y comprobara que finalmente había decidido asistir a su dichosa fiesta, pero hasta ahora ni siquiera le había visto la punta de la nariz... o una nalguita de su fantástico trasero.
Nada de nada.
—¿Me haces un favor? —miré a Santino—. ¿Dejarías de buscar a Henderson? —me mordí el labio. Era una pésima cita—. Está con Maya saludando a los invitados —un golpe muy bajo impactó en mis ovarios.
—Lo siento, es que...
—Lo sé, pero no quiero que te vea así. Tú no sueles mostrarte nerviosa —dejé la copa sobre una de las mesas y respiré profundamente.
—Tienes razón. —Santino arqueó una ceja y señaló un grupo de socios con sus respectivas esposas.
—¿Por qué no hablamos un momento con ellos?
Durante una hora hablamos de negocios, porque claro, Maximilian me enseñó que estas fiestas suelen celebrarse justamente para eso. Me pregunté si tenía algún plan en mente y mi estómago se encogió un poquito porque, de ser así, él no me comentó nada al respecto.