¿Del odio al amor? ¡Hay un estúpido cupido!
Olivia Sinclair tiene una vida tranquila, sin muchas pretensiones más que ayudar a su familia económicamente.
El único problema con el cuál debe...
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El paso de Maximilian Henderson por la inmobiliaria fue un verdadero soplo de aire fresco para todos los funcionarios, un saltito en lo cotidiano. Es como cuando estás con resaca y de pronto tienes en la mano ese paracetamol mágico que alivia todo tipo de dolor.
Sí, eso significó Maximilian para todos los funcionarios de Henderson asociados.
Ahora nada de eso existía, volvió la resaca, el dolor y la paciencia... ¡Ah! Y también Alastair Henderson.
Evidentemente las cosas cambiaron desde el retorno de Alastair. Ya no desayunaba en su despacho, ni ocupaba su computador. Los almuerzos en Central Park volvieron a ser de tres, y a punto de comenzar el verano solo frecuentaba la heladería cuando mi hermana y Astra me pasaban a buscar.
No tenía noticias de Max hace más de tres meses, lo único que sabía de él era que se había hecho cargo de la cuenta que urgentemente necesitaba supervisión en Escocia. Seguía trabajando para la empresa, pero desde lejos.
Mi corazón se volvía loco cuando Alastair me reenviaba correos de Max con información de los nuevos edificios en Escocia. Aquella era una cuenta que, en general, no tenía muchas esperanzas de vida, pero al parecer Max llegó en la agonía de la edificación para darle una oportunidad y llenarla de vitalidad.
No pude evitar sentirme orgullosa de su gestión.
Tres meses, y el corazón seguía doliendo. Pero tampoco me encerraba demasiado en mi dolor, no podía permitir que la tristeza me ganara.
Me aventuré en conocer más a Alec, y con él me reía demasiado. Sabía que él sentía algo por mí, pero siempre fui honesta y nunca le ofrecí algo más que mi simple amistad.
Con Santino continuábamos enviándonos mensajes, fotos y vídeos. Me comentó que estaba conociendo a una mujer y que él realmente estaba interesado. Mi corazón le enviaba las mejores vibras, porque el italiano merecía lo mejor del mundo.
Melanie bromeaba diciendo que quería un poquito de mi fortuna para tener a dos hombres tan guapos loquitos por mí. Era una verdadera idiotez que me largara a llorar como grifo cuando dijo eso, porque en lo que único que pude pensar fue en Max.
—¡Que terrible lo tuyo, Olivia! —chillé después de ver la hora en mi reloj. La desesperación dio paso a la felicidad. Era viernes y solo faltaban cinco minutos para salir de la oficina—. Lo único que falta es que Alastair me llame y me... —mi teléfono comenzó a sonar—. ¡Oh por Dios! —señalé mi techo—. ¡Si es Alastair juro que convenceré a mi madre para que no vuelva a las misas de cada domingo! —cogí el teléfono con pavor y sonreí cuando la recepcionista me dijo que tenía una visita. Le pedí que me esperara abajo, que bajaría en cinco minutos. Le había pedido a mi hermana que viniera con Astra para comprar helados. No porque yo quisiera helados, solo lo hacía para consentir a mi sobrina. El teléfono volvió a sonar y yo contesté sonriendo.