CAPÍTULO 49

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El hilo que cuelga en mi alma y espacio me mantiene en un constante balanceo entre el ardor y el calor; cuando la otra parte solo se escucha un silencio profundo. Me siento disuelta en un mar profundo que me mantiene en remolino sin poder ver con claridad las cosas.

Mi cuerpo se mantiene como un sumerjo entre la profundidad hasta que vuelve esa voz tan placentera.

—Es momento que vuelvas —no puedo ver nada y solo mi cuerpo responde ante sus palabras y frases confusas—. Haz un caos y vuélvete ese torbellino que mueve todo a su paso siendo lo que es: poderosa y letal.

El resplandor que choca contra mi cara me adormece más y es cuando tengo la vía para despertar a la vez que mi cuerpo se encuentra adormecido y doloroso, cierro un poco los ojos por la luz estridente que me refleja en el rostro y miro que la escena: una pared de mármol y pilastras de diseños antiguos decoran el lugar, las cortinas altas y sedas de color dorado y jarrones antiguos con flores rojas en las esquinas soltando ese aroma tranquilo.

—¡Mierda! Mi cabeza —toco mi sien y el cuello ortopédico me estorba tratando de quitarla.

—¿Necesitas ayuda?

La voz me hace tratar de voltear y un hombre castaño de ojos azules me observa intrigante.

—Tú ¿Quién eres?

Me quito la venda de la cabeza y el cuello ortopédico aliviando un poco la asfixia que albergaba.

—Cómo qué ¿Quién soy yo? —suelta mordaz y lleno de recelo.

—Por algo pregunto ¿no?

Voy deshaciéndome de los cables de mis brazos y el aparato que se encontraba en mi dedo. El hombre sigue de pie en busca de una respuesta.

—¿Necesitas algo? —pregunto sin entender porque me mira de esa manera—, eres enfermero o algo parecido.

Me analiza y de alguna manera mis sentidos se colocan en ¿alerta?

—Deja de fingir —acorta el espacio y mi corazón empieza a bombear sin control.

—Fingir ¿Qué? —miro ese mar intenso que me hace cerrar los ojos por instinto y volver a mirarlo—, ¿eres paciente psiquiátrico?

—No me agrada este juego —sisea con un gruñido que logra que una prosecución me recorra del estómago y choque en el centro de mi pecho.

—Mira, no te conozco y por favor te pido que te vayas y si eres médico o algo le pido que llame a mi madre.

—Se encuentra en recuperación.

—¿Qué? ¿Cómo que en recuperación? —me muevo rápido y mi cerebro provoca un choque.

—¡Auch!

Toco mi cabeza cuando un dolor me toma trayendo consigo mismo varias pequeñas escenas que me hacen gritar y siento como me sujetan.

—Siéntate, no debiste levantarte —me ofrece un vaso de agua colocándose frente a mí.

El dolor se vuelve más intenso trayendo en sí todos los sucesos y me pongo fría a recordar: papá, mamá, inyecciones, mar, destrucción, caos, gritos, niños.

Vuelvo a mirar al hombre y su imagen es borrosa hasta que algo llega como un balde de agua que me relata todo y siento como la rabia se prende de mí y suelto el primer guantazo que lo hace girar el rostro.

—¡Eres un hijo de puta! —escupo soltándole otro—, ¡Me mentiste! Eres un desgraciado ¡te odio maldito! ¡te odio! —empiezo a golpearlo en el pecho y el vaso lo estrello contra el piso al tener el ardor carcomiendo mi piel—. ¡¿Cuándo mierda me ibas a decir?! ¡ah! Eres un mentiroso de mierda, cuándo ibas a tener las pelotas para decirme que tienes un hijo y que solo era una más en tu lista teniéndome como tu amante.

FalaciaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora