Dominick Meyers
Bajo el túnel buscando a los últimos ejecutores de la osadía de querer alterar el animal que llevo dentro y que solo salía al momento que tocaban a su cachorro. Quito el arnés de mi cuerpo y desfundo el arma lista para atacar.
—Objetivo a doscientos metros mi señor —escucho en el auricular la voz de Jasper y me preparo.
—¿Afirmativo la zona?
Camino sigiloso y mirando a cada esquina o lado en el cual pueda intervenir alguien.
—Afirmativo, mi señor —asegura y los demás siguen mis pasos protegiendo mi espalda.
—Corredor Este, blanco a la vista —vuelve a detallar Jasper mientras maneja el aparato en el túnel—, a cien metros.
La sangre recorre en mis venas como si fuera fuego puro que no cesa con el deseo de tener su vida en mis manos.
—No quiero que escape ninguno —demando y siento que la vibración aumenta.
Las ratas se escoden como basuras que ríen como si no tuvieran ningún pecado.
La luz alumbra una pequeña mesa donde se encuentran más de cuatro jugando cartas y tiro del arma matando a cada uno hasta dejar al cabecilla. Los demás sacan sus armaduras que bloqueo derribando sus cuerpos hasta quedar todos como debieron estar. La rabia me consume y siento la adrenalina correr y me inflan el pecho por la impotencia que llevo guardada y se acumuló en las últimas horas.
El sujeto tiembla y agarro su nuca estrellando su cabeza contra la mesa y las cartas salen volando.
—Ahora si vamos a ver qué tan hijo de perra eres —estrello nuevamente su cabeza explotando de la ira—, solo debías evitar este final, tan macho te creías que no iba a encontrarte.
La bala impacta contra su muslo gritando por el agujero y la sangre que sale como regadera sin cesar.
—Así mismo me sentí al ver lo que le hicieron —vuelvo a disparar en la otra pierna y el hombre chilla—, esto fue lo que sentí al ver como se divertían como si fuera alguien de su tamaño.
No mido lo que pienso y clavo la daga llena de veneno en su mano que la hace sujetar en la mesa.
—¡Ah! —vuelve a gritar con más fuerza y las ganas de acabar con su vida son inmensas
—Ahora maldita mierda —escupo con impotencia—, me vas a dar nombre y apellido de quien te mandó.
—Maldito hijo... —la frase queda media cuando saco la daga y corto sus dedos sin pudor y el grito satisface a mis oídos.
—Habla —grito—, cada uno de tus amigos han sido descuartizados siendo condenados en el infierno, tu camino será igual si no confiesas.
—Prometí lealtad... —responde entre dolor y es suficiente para cortarle la mano que efectúa el charco de sangre que brota.
—La única lealtad que tendrás es con la muerte maldito cabron —sujeto su cuello pasando mi brazo haciendo la cercanía de la daga filosa hacía su tórax acelerando sus niveles de respiración—. Habla y te doy la oportunidad de vivir.
—¡Roberto Jonhson! —suelta afirmando lo que hace tiempo tomaba mi sospecha.
Todo se activa y es el inicio para empezar la guerra y verlo morir hasta cobrar con la misma moneda.
Atravieso el pecho del fracasado sin tener algún tipo de paz o compasión al prójimo como siguen las reglas: soy diferente, soy la maldita revolución que nunca hubo en ese palacio de mierda. No me voy a dejar joder por segunda vez y si debo cobrar con la misma moneda; lo haré.
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Falacia
РомантикаEsperar de la vida no es algo que debemos aferrarnos. Confiar en que una persona puede hacerte renacer luego de tanto dolor causado por la maldad que el mundo te ejerce como castigo no tiene precio, terminando con ese mismo sentimiento de dolor, res...