Isabela Johnson
Horas de vuelo y todos bajan esperando a Dominick en el vestíbulo privado del hotel. El clima se siente diferente, el calor se intensifica logrando que saque el abrigo de mi cuerpo al sentir la temperatura y las ganas por tomar una Coca-Cola fría me llaman
Dominick viene con llaves en sus manos y tengo la necesidad de decirle que salgamos, me folle y me pague un refresco «controlate Isabela»
—Agustín —le entrega una llave—. Villa al este, casa 98; puedes irte.
De igual manera, le entrega a Aida, Maggie, y la chica castaña que no recuerdo su nombre...Los demás fueron dispersos en el hotel y Jasper agarra su llave sin decirle algo a Dominick.
Quedo a la espera de las mías y él me observa esperando que diga algo. Enarco una ceja y busco a ver quién falta a parte de mí.
—Y... ¿Mis llaves? —pregunto y él las alza.
Trato de agarrarlas, pero las esconde en su mano.
—Te quedarás conmigo —avisa y mis ojos se abren en par.
—¿Qué?
—Deja que un empleado se encargue de las maletas —dice y no muevo un pie—. Vamos, que debes descansar —me ofrece su mano y dudo—. No tengo todo el día Isabela.
—Me puedes explicar.
—Te quedarás conmigo, en una villa con vista al mar —dice y ruedo los ojos por su nivel de ironía—. Y quiero que descanses que mañana se madruga para reunirse y hablar con los demás.
—¿Y por qué no me diste una para mi sola?
—No la necesitas.
—¿Quién te asegura eso?
—Vienes o ¿necesitas que te cargue? —me ignora y vuelve ofrecerme su mano—. Nena, estoy cansado y quiero dormir.
—Eres una mierda de persona —exploto de su bipolaridad—. Actúas como el hijo de puta y luego me tratas como si nada y ¿quieres que me quede en una villa contigo?
—Sí.
—¡Jodete!
—¡Nos jodemos los dos! —me alza quedando en su hombro y mis pies patalean para que me suelte.
—¡Suéltame maldito! No quiero ir contigo a ningún lado.
—Lastima que no me interesa lo que quieres —la brisa golpea mi rostro y las olas se escuchan cuando camina—. Te dije que te cargaría si no me hacías caso.
Los pasos resuenan sobre las piedras y la sangre baja a mi cabeza sin dejar de patalear. Las luces alumbran el camino y el frio golpea con mi cuerpo.
—Basta, caminaré —hace caso omiso—. Ya bájame y no me iré.
—Sabes bien que no te creo.
—Por favor —mi voz suena como niña pequeña y él se detiene.
La sangre se acomoda y me mareo un poco cuando me coloca en suelo. Las grandes palmas decoran la entrada y las flores amarillas hacen caminos y formas en todo el centro de la gran casa blanca de dos niveles con ventanas amplias lisas.
La brisa acaricia mi piel y el sonido de las olas me hacen sonreír. Pasa por mi lado abriendo la gran estructura que en su interior alberga una lámpara colgada en el techo y una pequeña mesa en el centro con un florero de color marfil.
—¿Quieres algo de comer? —niego y miro todo el lugar hasta subir las escaleras dejándolo en la entrada.
La vista es espectacular: la gran masa de agua rodea la isla y las olas se engrandecen hasta disminuirse a poco cuando tocan la arena. Cierro los ojos disfrutando del olor, clima y la paz que brinda el lugar.
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Falacia
RomanceEsperar de la vida no es algo que debemos aferrarnos. Confiar en que una persona puede hacerte renacer luego de tanto dolor causado por la maldad que el mundo te ejerce como castigo no tiene precio, terminando con ese mismo sentimiento de dolor, res...