Capítulo 06

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Esa misma noche me fui de fiesta y bebí hasta perder la consciencia. No sabía cómo había llegado al lugar que me encontraba sin haberme matado en el intento, pero allí estaba, con un par de brazos delgados sobre mi pecho, buscando mi calor corporal. Abrí los ojos y comencé a observar todo lo que había a mi alrededor. Sobre mi pecho y cuello había largos mechones de cabello rubio que me molestaban y un par de piernas se encontraban entrecruzadas con las mías.

— ¿Qué haces aquí? — Pregunté con malestar mientras alejaba su cuerpo del mío y me aseguraba de que hubiera utilizado protección.

Ella estaba desnuda y era muy poco probable que ambos nos hubiéramos desvestido debido a una oleada repentina de calor.

— Bueno, anoche parecías desesperado por volver a tenerme así. — Se rio con cierta sensualidad. — Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.

No recordaba nada, pero debí haber bebido demasiado como para haberla llevado a mi apartamento.

Tenía razón cuando decía que había pasado mucho tiempo desde que no nos habíamos visto, aunque para ser sincero conmigo mismo, no la había extrañado ni un poco. La detestaba y eso no había cambiado con el pasar de los años, ni siquiera después de haber usado su cuerpo en distintos lugares cuando éramos adolescentes.

Sabía perfectamente que "usar su cuerpo" se escuchaba horrible, pero eso fue lo que hice hasta que me gradué de la escuela. Tenía relaciones con aquella rubia y luego me iba sin que me importara si su ropa se encontraba en buen estado o si algún tercero la podía ver. En esos momentos lo que menos me importaba era cuidarla, solo buscaba una forma de vengarme y lo logré después de mucho tiempo. Iliana volvió a caer en mis redes y aunque le había advertido un sinnúmero de ocasiones que no iba a tener una relación seria con ella, se ilusionó.

En mi adolescencia fui muchas cosas, pero me sentí satisfecho cuando me encontré entre las piernas de su hermana menor mientras ella nos observaba con los ojos cristalizados. El Aydan Davis de diecisiete años se sintió poderoso, mucho más cuando desapareció de la vida de ambas sin mostrar empatía por sus sentimientos.

Sin embargo, el Aydan que comenzaba a hacer sus prácticas en el hospital era completamente diferente. Si bien seguía teniendo relaciones sin compromiso, desde el primer instante me encargaba de dejarles en claro cuáles eran mis intenciones y si veía que querían algo más, prefería tomar mis cosas y marcharme por el bienestar de la otra persona.

Mi madre no me había criado para ser un desgraciado. No, la maravillosa y dedicada Dra. Davis me había inculcado valores que había decidido ignorar durante mi crecimiento y que prefería no recordar cuando Iliana se encontraba cerca.

— ¿Por qué sigues aquí? — Pregunté con sequedad.

Mi madre era un cielo de mujer, pero esa rubia sacaba lo peor de mí. Solo esperaba que mamá no se enterara de la forma en la que trataba a esa persona que no dejaba de sonreírme.

— Quise darte los buenos días. — Su mano se paseó por mi pecho desnudo y bajó hasta mi marcado abdomen.

— Que amable...— Le mostré la sonrisa más falsa que pude. — Ya puedes largarte.

— Claro, a mí me tratas como si fuera una mierda, pero si mi hermana estuviera frente a ti con las piernas abiertas...— Chisté sonriente.

¿Eso que estaba escuchando eran reclamos? ¿Acaso seguía dolida?

— Me la habría desayunado. — Su mano quiso impactar contra mi rostro con fuerza, pero la sujeté de la muñeca para que no pudiera hacerlo. — Posiblemente no hubiera tratado de golpearme. De hecho, ni siquiera habría podido hablar, solo se escucharían sus respiraciones y quejidos.

Ella me observaba con rencor y temblaba. Al parecer le habían dolido mis palabras...

Que gran y maravilloso despertar había tenido.

— Si no te gusta que diga este tipo de cosas entonces no las menciones, no seas ridícula. — Me puse de pie y tomé el diminuto vestido de lentejuelas que había en el suelo. — Vístete y vete.

— Eso no es mío. — Lo observó con asco.

— Entonces devuélveselo a quien le pertenezca. Tienes cinco minutos para salir, no me obligues a sacarte como la última vez. — Sin importarme que estuviera desnudo, ingresé al baño para quitarme el olor a alcohol y sudor.

La última vez... ¿Cómo olvidar ese incidente?

Estábamos teniendo relaciones en un motel y mi lado vengativo salió a flote. Recordaba que me había alejado de ella, dejándola desorientada y comencé a vestirme con la única intención de dejarla a medias. Cuando ella se dio cuenta de lo que pretendía intentó retenerme, pero como mi fuerza era superior a la suya, ella terminó a fuera de la habitación y completamente desnuda.

No había sido mi intención sacarla, solo había tirado de mi brazo para que me soltara y ella... Iliana fue vista en pelotas por más de un señor.

Me había disculpado con ella en incontables veces y mientras Iliana lloraba sobre mi hombro, yo intentaba consolarla porque mis intenciones no habían sido esas. Sin embargo, desde ese entonces comencé utilizar ese momento a mi favor. Cuando ella no quería alejarse de mí o salir del lugar en donde habíamos tenido relaciones, le mencionaba aquello y se vestía de inmediato.

Algo cruel, lo sabía, pero era malditamente efectivo para deshacerme de ella.

Después de tener una larga ducha de agua caliente salí del baño, sintiendo mis músculos más relajados. Todo fue para mejor cuando observé que la intrusa ya no se encontraba en mi humilde y prácticamente vacío hogar.

Como siempre había sido, cruel, pero efectivo...

Mis días habían sido aburridos, cargados de trabajo y sin tiempo de descanso. De hecho, me había sorprendido que mi día libre hubiera coincidido con el cumpleaños de Ardilla. Tenía muchas ganas de verla, abrazarla y de poder decirle lo horrible que era.

Adoraba molestarla porque esa enana era prácticamente una copia de mi madre, tanto físicamente como en carácter. Odet podía parecer una chica dulce y tranquila, pero cuando se molestaba sacaba el arma secreta que había heredado de mamá, su lengua venenosa.

— ¿Qué le regalaré este año? — Murmuré para mí mismo.

Ardilla seguía creyendo que era una princesa que vivía en un castillo de cristal, pero había dejado de jugar con muñecas hacía bastante. Una computadora era demasiado para ser obsequiado por mí y no pensaba darle dinero a una adolescente que tenía a dos locas como mejores amigas, una más que otra. No, si le daba dinero era lo mismo que darle un arma a un enfermo mental, algo peligroso e impredecible.

Al final opté por ir a comprar un bonito reloj en el que pudiera grabar mi voz y no se enterara hasta que utilizara la alarma. Era lo mejor, después de todo estaba pensando en que si escuchaba mi dulce voz todos los días no iba a extrañarme tanto.

Aydan Davis©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora