Capítulo 03

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A pesar de que fingía estar bien, mis calificaciones reflejaban todo el caos por el que estaba pasando. Habían caído en picada y para la mitad del semestre corría el riesgo de repetir el año.

Papá estaba cada vez más furioso y no solo por mi pésimo desempeño, sino porque los profesores no dejaban de llamarlo para darle quejas sobre mi comportamiento o mis ausencias a sus clases. Poco a poco me fui perdiendo el interés en la escuela y prefería perder mi tiempo afuera de los salones que adentro.

— No entiendo qué es lo que te sucede. — Repitió mamá por sexta vez desde que me senté en la silla del comedor.

Mamá se veía preocupada y eso me hacía sentir mal, sentía una culpa sofocante porque ella no se merecía algo así. Lastimosamente, ella no iba a poder entenderme porque ni siquiera yo era capaz de hacerlo.

— Si continuas así voy a sacarte de la escuela y te inscribiré en un reformatorio o en el ejército. — Habló papá.

No, yo no quería eso para mí, lo detestaba y él pareció leer mis pensamientos.

— Si no quieres eso entonces mejora. — Apreté los labios para lo decir nada de lo que después me pudiera arrepentir. — Querías ser doctor, ¿crees que con estas calificaciones mediocres y comportamientos de mierda lo vas a lograr? — Mamá lo observó con desaprobación por las palabras utilizadas. — Si no te interesa estudiar, está bien, pero no nos hagas perder el tiempo. No le hagas perder el tiempo. — Señaló a mamá, quien se veía cansada después de haber tenido dos turnos de guardia seguidos y una reunión con mis profesores.

— Ab, es suficiente. — Intervino ella antes de que las cosas escalaran. — ¿Cariño, qué ocurre? ¿Por qué actúas de esta forma?

— Nada. — Murmuré por lo bajo.

— Tus actividades recreativas se terminaron, no tendrás el teléfono hasta que tus calificaciones mejoren y se acabó la mesada. — Escupió papá. — Entrega el teléfono. — Lo saqué de mi bolsillo y lo puse sobre la mesa. — Ya puedes irte.

— Llegaré a las cinc...— Papá negó con la cabeza.

— Creo que no entendiste. Todo tipo de actividades recreativas dejaron de existir para ti. No hay salidas con amigos ni siquiera a la esquina, no hay participación en nada y eso incluye el atletismo y el baloncesto. — Contuve la respiración. — Cuando quieras volver a tener una vida divertida recuerda traer algo mejor que esta porquería. — Lanzó el papel de las calificaciones frente a mí.

— No puedes hacer eso...— Dio un par de pasos hasta que estuvo a mi lado.

— Te dejaré y pasaré a buscar a la escuela todos los días y como tu trasero no esté en el auto a las tres en punto, tu castigo aumentará, te sacaré de la escuela y te inscribiré en el ejército. Y si yo fuera tú no me atrevería a decir lo que puedo o no hacer cuando se trata de mi hijo de quince años. Vives bajo nuestro techo, sigues nuestras reglas sin rechistar. ¿Entendido? — Apreté los labios y me mantuve con la cabeza agachada. — He preguntado algo, Aydan.

— Entendido, señor. — Por el rabillo del ojo lo vi asentir.

— Puedes irte, espérame en el auto. — Me levanté de la silla sin mirar a nadie y salí de la casa.

El camino a la escuela fue tenso y silencioso, pero solo para nosotros dos porque mi hermana en ningún momento dejó de hablar, cantar o llamarnos para que viéramos algo.

Al menos ella estaba feliz y eso era lo que importaba...

A la hora del almuerzo sentía que la vena de mi frente iba a explotar si continuaba escuchando tantas tonterías. Desde que me senté en la mesa que mi grupo de amigos y yo siempre utilizábamos, no había dejado de escuchar cosas sobre mi hermana, chistes y expresiones para nada agradables y poco graciosas.

El tema de conversación era el maldito primo de mi mejor amigo y su evidente interés por mi hermanita.

— Si tu primo sigue hablando así de mi hermana voy a romperle la nariz. — Amenacé a Christian.

— Tranquilo, es solo un niño que aprecia a las niñas que considera bonitas. — Mi mano atrapó el cuello de su camisa y la apreté hasta que su cara se tornó roja.

— Más te vale que deje de apreciarla como si se tratada de un pedazo de pastel. Te recuerdo que es una niña de siete años y que tiene un hermano mayor que la va a defender de cualquier niño que quiera tomarla de la mano. — Lo liberé y me levanté de la mesa para ir hacia donde ella se encontraba. — Ardilla. — Me senté a su lado para que nadie volviera a hacer ningún comentario.

Odet giró su rostro hacia mí y me observó confundida, preguntándome de forma silenciosa qué hacía sentado a su lado. No iba a decirle a mi princesita que el primo de Christian, quien tenía dos años más que ella, babeaba el suelo que pisaban sus bonitos zapatos de brillos.

Le sonreí y continué almorzando como si a mi alrededor no se encontraran tres niñas fastidiosas, mirándome como si me hubiera salido un tercer ojo en la frente. De las tres, la que más me mirada era la rubia, Gabriella, la fastidiosa amiga de mi hermana que nunca me dejaba tranquilo.

Iba a actuar normal hasta la salida, donde podría asustarlo sin arriesgarme a que volvieran a llamar a papá.

— Aydan, el profesor de física te está buscando. — La voz de Iliana me sacó de mis pensamientos.

Ella era bonita e inteligente, pero tenía un defecto que todos notábamos, creía que lo sabía todo.

Su presencia me molestaba y de solo recordar que había perdido mi virginidad con ella me daban ganas de gritarle un par de cosas hirientes, pero me contuve. No necesitaba tener más problemas, mucho menos si era ella quien me los provocaba.

— Ya voy. — Respondí con sequedad. — Ardilla, vuelvo en unos minutos. Si necesitas algo solo grita y vendré corriendo, ¿de acuerdo? — Le pregunté a mi hermana, quien asintió rápidamente mientras miraba fijamente a Iliana.

La caminata hacia el salón del profesor de física había sido silenciosa e incómoda y no era por alguna tontería, simplemente no lograba comprender por qué necesitaba a una guardaespaldas que me escoltara hasta allí.

Iliana creía que era tonto, pero se equivocaba, ya no lo era más.

— Sé que el profesor no me está buscando. ¿Qué es lo que quieres? — Pregunté mientras seguía caminando.

— Quiero hablar sobre ti, sobre nosotros. — Amargura, aquello fue lo que recorrió mi boca.

— No hay un nosotros. — Afirmé antes de ser empujado hacia el cuarto del conserje.

No había necesidad de ver hacia abajo para observar sus ojos, ella era alta, casi tanto como yo.

— Amor, sé que estuve mal...— "Amor", solía gustarme que me llamara así antes de que la viera con otro chico.

— Iliana, no somos niños. Dime qué es lo que quieres para poder largarme de aquí. — Ella se acercó y colocó sus brazos sobre mis hombros.

— Quiero que volvamos a intentarlo. — En ese momento una idea cruzó por mi cabeza y aunque iba en contra de todo lo que me habían enseñado mis padres, lo hice.

La tomé fuertemente del cabello y la besé con rudeza. Mi mente pareció irse en blanco aunque era evidente lo que comenzaba a suceder. Había vuelto a tener relaciones con ella en ese pequeño cuarto lleno de productos de limpieza. Sin embargo y como le dejé en claro después de salir de ahí, no iba a volver con ella.

Desde que salí de aquel pequeño espacio algo cambió en mí y aunque era consciente de que tarde o temprano me iba a arrepentir de lo que haría, decidí que iba a disfrutar de mi juventud sin ningún tipo de compromiso. 

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Hasta aquí llegamos por hoy. ¿Qué tal esos primeros tres capítulos? ¿Esperaban que Aydan fuera así?

No se preocupen por los saltos en los tiempos ya que luego la historia sigue de forma lineal, son solo para dejarles ver cómo era nuestro angelito mientras crecía.

Pd: En Instagram subo pequeños adelantos de los próximos capítulos. 

Chaaaaauuuuuu.

Aydan Davis©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora