Capítulo 22

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Me encontraba recostado al lado de la puerta del paciente que Olive atendía en esos momentos. Mientras esperaba a que saliera, le daba vuelvas a su teléfono y pensaba en lo que iba a decirle, pero cuando la puerta se abrió olvidé todo lo que había planeado.

— Tenemos que hablar. — Le tendí el teléfono y por el rabillo del ojo la vi sobresaltarse.

— No hay nada de lo que tú y yo tengamos que hablar, déjame en paz. — Respondió luego de arrebatarme su pertenencia.

— Vine a disculparme y será mejor que escuches porque no lo repetiré dos veces. — Murmuré mientras sujetaba su bata para que no huyera. — No tuve que haberte abordado así, lo lamento.

— No seas hipócrita, ¿no es lo mismo que haces ahora? — Negué con la cabeza.

— No estoy sujetando tu uniforme con fuerza, puedes irte cuando quieras. — Murmuré y sentí que tiraba de la prenda para liberarse. — Cuando quieras hablar sobre lo que sea que tienes en mi contra sabes dónde encontrarme, eso si te interesa tener una mejor convivencia y dejar de ser vista como la insoportable doctora con la que nadie quiere trabajar.

— Nadie me ve así. — Masculló entre dientes.

— Pregúntale a quien quieras. — Susurré cerca de su oreja antes de enderezarme. — Pero te apuesto lo que sea a que tratarán de evitar responder. Es más, pregúntale a Romina la opinión que tiene el resto sobre ti, ella es tu amiga y no tendría sentido que te mintiera. Cuando termine mi turno voy a estar en la azotea, si a esa hora nadie te ha dado una respuesta, sube y hablemos como adultos. — Cuando estaba por irme mi brazo rozó el bolsillo de mi bata y recordé que tenía un paquete pequeño de galletas de las que mamá me daba cada vez que iba a casa. — No llegaste al desayuno por mi culpa. — Dejé la bolsa en su bolsillo y me alejé, sintiéndome extrañamente más ligero.

Las horas fueron pasando de forma lenta y tortuosa, pero por suerte mis pacientitos eran un amor y al entrar en sus respectivas habitaciones olvidaba que me faltaban muchas horas para poder irme a casa. Cuando mi turno terminó, en vez de caminar hacia la salida me dirigí al ascensor para poder subir a la azotea y esperar a ver si la Dra. Anderson llegaba o no.

La azotea del hospital estaba bien decorada y amueblada para que todo aquel paciente que estuviera conectado a oxígeno o tuviera dificultades para caminar y quisiera salir a tomar aire fresco, lo hiciera sin tener que salir del edificio. Era un lugar bonito, tenía algunas plantas, un par de mesas y unos bancos bastante cómodos.

La brisa nocturna me desordenó el cabello tan pronto salí al exterior. La noche estaba fresca, pero a comparación con el frío que hacía en el interior del edificio eso no era nada.

Esperé largos minutos y cuando creí que era un buen momento para irme, la puerta fue cerrada con más fuerza de la necesaria. Observé de reojo aquella área para asegurarme de que todo estuviera en orden y cuando vi a la responsable del desorden tuve que morderme las mejillas para no burlarme de su cara de poc8os amigos.

— Buenas noches. — Canturrié cuando se sentó a mi lado. — ¿Cómo estuvo tu turno?

— Cállate. — Masculló entre dientes.

Si no preguntó, entonces su turno había sido un asco.

— ¿Desde cuándo? — Preguntó después de algunos segundos. — ¿Desde cuándo soy la doctora con la que nadie quiere trabajar?

Mis comisuras se elevaron un poco al saber que la semilla de la curiosidad que había plantado en ella dio sus frutos más rápido de lo que creí.

— Desde siempre. — Respondí sin rodeos. — No te ofendas y si lo llegas a hacer no es como si me importara demasiado, pero te tengo dicho que tienes una actitud de mierda y es bastante innecesario. Para todo y por todo contestas de forma desagradable.

— Si no hacen las cosas bien...— Interrumpí sus palabras antes de que dijera algo que pudiera ponerme de mal humor.

— El problema está cuando lo haces sin haber tensión de por medio. La mayoría comprendería que en una situación tensa les grites o los trates mal, pero fuera de eso no hay excusa. — Giré mi cabeza para verla a los ojos. — Eres una doctora al igual que muchos de nosotros y aunque tengamos que darle órdenes a los enfermeros, eso no significa que seamos sus jefes y mucho menos que los tratemos como si no fueran humanos. — Volví a observar hacia adelante.

— Es un hospital. — Sus manos se tornaron puños. — Aquí, si no corren alguien muere.

— Y por eso nadie quiere trabajar contigo. — Suspiré. — Sabemos por qué estamos aquí, pero creo que a veces se te olvida que todos, incluso tú, somos humanos que sentimos y padecemos. ¿Te has preguntado alguna vez si tus ayudantes comieron antes de correr a seguir tus órdenes? Deberías cambiar esa actitud antes de que te quedes sola y amargada, nadie quiere a un doctor como Culpepper y te lo digo yo que es mi supervisor.

— El Dr. Culpepper es un hombre que sabe lo que hace. — Una risa desbordante de amargura brotó de mí.

— Olive, los dos sabemos que no tienes ni un pelo de estúpida. Sabes que lo de ese hombre no es correcto y a pesar de eso vas por el mismo camino. — Me puse de pie para acercarme al barandal que evitaba que las personas pudieran saltar desde allí. — Si te hago una pregunta, ¿la contestarás sin ser sarcástica o grosera?

No hubo respuesta y a pesar de que no dijo nada, sabía que seguía allí.

— ¿Por qué quieres ir al Hospital Memorial? — Pregunté sin girarme a verla.

— Porque fui un par de veces y quiero trabajar junto a un par de personas que conocí allí. — Sonreí levemente. — Además, ese hospital tiene un buen ambiente laboral.

— Este lo tendría si sonrieras más y gruñeras menos. — Murmuré para mí mismo. — ¿A quiénes conociste?

— Al Dr. Miller y a la Dra. Price. — Entrecerré los ojos mientras mis comisuras se elevaban lentamente.

— ¿Miller y Price? — Me giré hacia ella. — ¿Pole Miller y Evalone Price?

— Sí, ¿por qué? — Sus ojos me observaron con desconfianza.

— Cosita...— Murmuré de forma burlona. — Felicidades, conociste a parte del equipo. A uno de mis tíos y a mi madre, para ser exactos.

— ¿Qué? — Quise reír cuando su rostro pareció caerse en pedazos.

— Es una mujer encantadora, ¿cierto? — Asentí repetidas veces. — Tranquila, entiendo tu sorpresa, mi hermana es la que se parece a ella. — Reí entre dientes. — Si llegas a ser transferida al Memorial, te aseguro que aprenderás mucho.

— ¿Cómo es posible que...? — Tuve que volver a morderme la cara interna de las mejillas para no echarme a reír.

— Si te portas bien puede que le diga cosas buenas de ti. — Le giñé el ojo antes de comenzar a caminar hacia la salida.

— ¿Y tú? — Detuve mis pasos al escuchar su voz. — ¿Piensas quedarte aquí o qué harás?

— Es una buena pregunta. — Giré levemente la cabeza para poder verla por el rabillo del ojo. — Pero no tengo una respuesta. — Moví mi mano de un lado a otro como despedida, pero ni siquiera fui capaz de dar un paso cuando ella volvió a hablar.

— Fue tu culpa. — Fruncí el ceño. — Te odio porque ella murió por tu culpa.

Mi cuerpo se giró hacia ella sin que yo se lo ordenara y cuando mis ojos se fijaron en los suyos supe que no mentía, algo había hecho. No sabía de quién me hablaba, pero Olive me observaba como si tuviera todas las respuestas a las preguntas que todavía no le había hecho.

Aydan Davis©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora