—Así que... —murmuré, sentada en el sofá, con la mirada de los siete puesta en mí luego de haberme bañado y arreglado con la ropa que me trajeron.
—Nos gustaría saber si has pensado en nuestras propuestas, y si ya has llegado a alguna conclusión —empezó Draco.
—No estás obligada a contestar, si no quieres —se apresuró a aclarar Blaise. Sonreí de lado, y negué despacio.
—Para ser honesta, no... no tengo una opinión sobre lo que quiero. Y sé que tampoco la tendré —fui diciendo despacio, tratando de pensar cómo contestar mientras jugaba con mis uñas distraídamente—. Pero tampoco quiero decirles que lo intentemos, para que luego resulte que no es lo que quiero, ¿saben? —algunos asintieron, los otros se quedaron impasibles—. Por mí, podríamos... podríamos intentarlo, ver cómo sale, cómo nos sentimos con eso, y, si al final de ello, estamos bien... podría ser algo... oficial, digamos.
La habitación se quedó en silencio mientras ellos me miraban. Sospeché que estaban hablando por Legeremancia, así que suspiré y me quedé en silencio, esperando a que ellos hablasen. Miré la habitación distraídamente, observando cómo estaba decorada, las luces, la organización, la distribución, y estuve así como por unos cinco o diez minutos. Pudieron haber sido más, incluso, el tiempo era bastante relativo en ese momento, en realidad. Y yo me distraía con facilidad.
Se me hacía curiosa la manera en la que con ellos todo estaba demasiado medido y era muy tradicional. Sus camas estaban ordenadas de la misma manera en la que caminaban o se sentaban en el Comedor, por ejemplo. Todo era demasiado rutinario para el ojo público que hasta resultaba alarmante.
Me fijé en los posters de algunas paredes, cómo algunos eran de bandas, otros de películas. El tocadiscos sobre una repisa llena de discos de vinilos, y CDs. La mesa dispuesta como tocador, donde estaban las cremas, perfumes, y productos que todos usaban, incluido Harry. La pulcritud de la habitación, no había nada fuera de lugar, sucio, o desordenado. Así como ellos.
Siempre me llamaba la atención la falta de biblioteca visible (como un estante, o algo así), porque siempre los veía con una libro en mano, o en las mesas de noche.
—Bien —la voz de Tom llamó mi atención. Volteé hacia él—. Podemos intentarlo por un tiempo, ver cómo resulta, y luego llegar a una solución sólida respecto a esto —asentí lentamente, accediendo a aquello con una ligera sonrisa.
Mattheo fue el primero en sonreír y tirarse sobre mí. Reí mientras sus brazos me envolvían la cintura, me levantaba, y luego se sentaba en el sofá, antes de ponerme a mí sobre su regazo.
—Bienvenida al paraíso, preciosa —sonrió de lado, acomodando un mechón de cabello detrás de mi oreja. Las risas de los demás llenaron mis oídos mientras me perdía inconscientemente en los ojos de Mattheo.
Muy dentro de mí me pregunté si aquello no se asemejaría más al infierno. Aunque, curiosamente, me respondí a mi misma que el paraíso siempre era aceptable y bien recibido, pero que no me importaría quemarme en el infierno.
Y no supe cómo sentirme respecto a mi propia línea de pensamientos. O a nada en particular.
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