LV. El miedo de sentir.

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(Comenten porque me siento abandonada y lloro😭).

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El miedo de sentir (y lo mucho que yo siento a pesar de ello).

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Casa de los Gritos, Hogsmeade, Escocia.
Sábado 18 de abril, 1995.
18:25 hrs.

—Esta es mi parte favorita de la Casa, —dijo Tom, su voz seguía seguía siendo inusualmente suave y calmada, sus labios seguían brillosos por mi labial. Ambos estábamos sentados sobre una muy vieja y polvorienta cama en el último piso de la Casa.

—¿Por qué?

—Es... tranquilo, —dijo despacio—. Me deja pensar cuando lo necesito.

—¿En qué piensas ahora? —Pregunté bajito, apartando la vista del desvencijado tapiz de la pared y volteé hacia él. Tom tomó un sorbo de su cerveza antes de volver a recostar la cabeza contra el respaldar de la cama.

—No estoy seguro, —admitió luego de un rato—. Aunque... esto es bastante... placentero, —terminó en voz baja. Me reí.

—Yo también disfruto pasar tiempo condigo, Tom, —dije. Él hizo un sonido bajo, mas no aportó nada más.

Convivir con Tom bajo la nueva luz de la intimidad era curioso, por decir algo. No como que de repente fuéramos amantes desenfrenadamente enamorados. Sólo... nos entendíamos.

Y eso estaba bien.

Hablamos de cosas estúpidas. Muy estúpidas, en verdad. Como el tapiz de la pared, o la suciedad de aquel lugar. Ahondar en nosotros era terreno más delicado, así que nos quedamos en lo cómodo y apacible.

—¿Tienes más pecas? —Indagué un rato después, habiéndome hiper-fijado en que Tom tenía pecas.

Él se tomó un segundo para responder.

—En la espalda... y un par en los hombros y la parte superior de los brazos.

Asentí, mirando su perfil. Apreciando. Tom volteó la cabeza un rato después y me devolvió la mirada.

—Estás mirando, —señaló. Sentí la cara arder un poquito en vergüenza.

—¿No puedo? —Pregunté. Él negó despacio.

—No es eso, —dijo, inclinando la cabeza—. Sólo... —Suspiró y negó. Me tomó de la nuca y tiró de mí hacia él.

Nuestros labios encajaron juntos cuando me besó. Me tomó un segundo de más reaccionar, pero le devolví el beso, moviendo mis labios al compás de los suyos. Mi corazón latía con fuerza y me sentí repentinamente mareada. Porque estaba besando a Tom.

Y tenía derecho de hacerlo. Porque estábamos saliendo.

—¿Eso por qué? —Murmuré cuando se separó, una sonrisa en mis labios.

—¿No puedo? —Preguntó. Me reí y negué la cabeza.

Cuando bajamos, ya no quedaba casi nadie en la Casa. Neville, Harry, Los Cuatro, y la mayoría de Los Siete no estaban a la vista.

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