Un juego, dos bandos: Indecisos y Controladores.
Soraya está atrapada en su peor época. La muerte de sus padres, la frialdad de su hermana, la sobreprotección de su cuñado, un vecino que la esquiva, un fotógrafo que no la deja tranquila... y una deu...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
*CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES*
**DAMIÁN SALVATORE**
TRES AÑOS ATRÁS
MARZO DE 2021
Me mantengo en posición fetal, en la esquina más alejada de la puerta de la celda donde llevo semanas encerrado, sufriendo la suerte de un condenado. Día tras día, me apalean bajo la supervisión de la mirada fría de mi padre. Nunca lo hace él, pero aquí está, presente en cada castigo, asegurándose de que no haya misericordia en mis súplicas. Solo él decide la dureza, las pausas, cuándo comer y cuándo recordar mi crimen: cambiar mis obligaciones por un día con Soraya.
El temblor de mi cuerpo se descontrola cuando oigo sus pisadas. Las conozco. Son las de Enzo. Viene acompañado de Dumb y Skull.
No levanto la cabeza.
—Espero que hayas aprendido la lección, hijo mío. Tu obligación es serme leal como un perro y jamás dejarme en evidencia. —Skull me lanza una manta maloliente. No me apresuro a cubrirme; sigo quieto, expuesto—. Eres libre. Por ahora. Ayudad a mi hijo.
Se retira riendo. Una carcajada siniestra que me hiela la sangre.
Cada día le tengo más miedo.
Los hombres me incorporan y me cubren con la manta. Me llevan hasta mi habitación, mi segunda jaula. Por fuera, parece un refugio; en realidad, es solo otra prisión.
Poco después llega Nana. Carga con una bandeja de abundante comida y un botiquín. Me apresuro a vaciar sus manos para que no soporte el peso innecesario.
—Deberías pedir que cargaran por ti —digo.
Ella me mira entrecerrando los ojos.
—¿Insinúas que soy vieja?
—Oh, Nana. Yo no he dicho eso. Solo...
—Hasta que no reviente mi corazón no puedes llamarme vieja.
—Que yo no...
—Mejor no digas nada. Ya has dicho suficiente.
Su espíritu juvenil siempre me desarma. Menos mal que es inteligente; ese lado no aparece frente a Enzo, porque sería motivo de castigo o de muerte.
—¿Prefieres primero asearte o comer? —pregunta.
—Me gustaría recuperar mi móvil.
Antes de ser encerrado, se lo entregué para que lo escondiera de Enzo.
—¿Asearte o comer, Damián? Cuanto más tardes en hacer ambas, más deberás esperar para leer los mensajes de cierta chica —Mi cuerpo entero se estremece de emoción—. Son muy interesantes.