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El agua era bastante clara, muy fría y muy tranquila. Los peces nadaban en sintonía conmigo, nado tan bien como ellos.
Sentía la presión del agua contra mí ropa, pero nada me impedirá llegar hasta allá.
¡Podrías morirte!
No, esa posibilidad la vería al llegar. Pero en el camino a ello, solo tenía que nadar unos cuantos kilómetros, eso no era nada para mí, estaba más que acostumbrado y mi cuerpo sigue en forma.
Desde abajo del agua, donde todo es completamente silencioso, podía ver cómo me aproximaba a las luces del destino como si fueran estrellas alcanzables; allí, donde todo es silencioso, quería pensar en que esto estaba mal, de que es lo incorrecto, pero no podía detenerme estando tan cerca.
~Nunca pude entenderme~
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Recuerdo cada rincón de este podrido lugar: la plaza donde alguna vez había querido estar, las calles estrechas, la iglesia que incitaba a mi maltrato y las casas de diseño agradable.
No había duda de que aquello era Praxis.
Muchas veces me había preguntado cómo un reino así podría acabar bajo el yugo de un emperador de la nigromancia. Supongo que era verdad lo que temía: «Es bastante fuerte e inteligente», pero también sabía que él no era nadie sin su ejército.
¡Vaya! Recordaba ese puente. Después de tantos años lo habían renovado. Me alegraba por eso; solía ser el hogar de muchos indigentes.
Caminé debajo de la estructura y divisé una luz a lo lejos.
—¿Te molesta si me quedo? —le pregunté al mendigo mugriento que calentaba su cuerpo ante una pequeña fogata.
—¿Quién eres? —habló con normalidad, no parecía estar borracho.
—Solo una persona más en este mundo.
El hombre me miró de pies a cabeza. Se percató de las gotas de agua que salpicaban desde mi ropa y de las que resbalaban por mi cabello.
—¿Por qué estás empapado?
—Unos niños me jugaron una broma pesada. En este estado no me dejarán entrar a ninguna posada.
—Si a ti no te molesta estar cerca de mí, puedes quedarte. Podrías resfriarte.
Le agradecí y me senté frente a la fogata. Ciertamente no me incomodaba su compañía, tal vez por aquello que solían decirme:
«Tú eres tan asqueroso como ellos».
Cerré los ojos para concentrarme en el calor. La ropa estaba completamente mojada y el frío era anormal. Por ello, me quité el chaleco que me había dado Mayl para calentarme más rápido.
—¿Cómo te llamas, joven?
—Hikaru. ¿Y usted?
—No lo recuerdo —suspiró con nostalgia—. ¿Y qué te trae por aquí? A este lugar tan clasista.
—Yo... vengo a ofrecer un espectáculo.
—¡De verdad! Quisiera poder verlo.
—Descuida, lo harás —respondí, sin poder ocultar mi sonrisa.
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Luang. De Lord a plebeyo.
Fantasy¿Conoces la traición? Puede que sí, ¿pero conoces la verdadera traición? Una traición que va más allá de lo emocional o simple rechazo. Takeshi experimentó tal traición de parte de su pueblo, quien a pesar de su diligencia, exigencia y esfuerzo para...
