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(En el palacio de Zephyr)
Nadia caminaba por los solitarios pasillos con una lentitud tal para no derrumbarse, intrigada de saber qué había pasado. Los rumores sobre Mayl habían llegado a sus oídos, pero su paradero era un misterio absoluto. Pensó lo peor al ver llegar a Zephyr esa noche, con una sonrisa satisfactoria y un poco de sangre en los pliegues de su ropa. Sus manos temblaban ante la sola idea de perder a la aliada de la peor manera.
Suspiró sujetando sus frías manos, tratando de calmarse mientras el sonido de los tacones resonaba a lo largo del pasillo como un metrónomo lento. Caminaba en dirección al patio privado, donde la brisa fresca y los animales logran conciliar la calma.
Sumergida en sus pensamientos, fue sorprendida por un galón inesperado. Cuando pudo asimilar la situación, se encontraba sobre sábanas blancas en una acolchada cama, atada de brazos al espaldar de la cama.
—¡Ya me hartaste, Nadia! —condenó Zephyr cerrando la puerta tras él, privándola de la luz de las ventanas. Se acercó a ella con pasos fuertes y mirada feroz.
—¡¡Déjame!! —Nadia luchaba para liberarse, pero ni la cristalización la ayudaba a romper las cadenas.
Zephyr se subió a la cama, esquivando con facilidad las patadas de ella. Deslizó su rodilla entre sus piernas, apoyó las manos al costado de su rostro, su cabello castaño claro rozaba sus mejillas.
—¡Aléjate! —gritó, luchando en vano por escaparse.
—Haz sido la mujer más complicada con la que me he topado; me has causado muchos problemas —siseó con una sonrisa astuta mientras jugueteaba con los mechones de su cabello.
—¡Déjame! ¡¡SUÉLTAME!! —Cristalizaba su cuerpo como una barrera entre ambos, pero Zephyr los arrancaba sin piedad antes de su propagación, ocasionándole un dolor intenso y agudo que le dejaba la piel rojiza.
—No quiero hacerte daño, Nadia. No quiero que tengas el mismo destino que tu amiga, la bruja pelirroja.
Mientras Nadia luchaba por no mostrar debilidad, él entrelazó el mechón de su cabello entre los dedos, acercándolo lentamente a su nariz mientras sostenía la mirada. Buscaba alguna gota de temor que Nadia le negaba a darle.
—¿Qué... le hiciste? —Tragó grueso, perdiendo las fuerzas ante los peores escenarios.
—Algo mejor de lo que te pasará a ti si no colaboras —siseó tan cerca de su oído que ocasionó escalofríos en todo su cuerpo.
—¿Colaborar?
—Sí... comienza por cerrar los ojos. —Sonrió con malicia.
—No...
—Vamos, ciérralos, no me hagas perder la paciencia. —Llevó sus manos al cuello, ejerciendo la presión necesaria para advertirle sin asfixiarla.
Nadia desvió la mirada, su respiración estaba tan agitada como para hacer subir y bajar su pecho con velocidad. No encontraba una sola manera de escapar, de hecho, el miedo comenzaba a nublar sus sentidos. Desde el inicio lo había evitado, hasta ignorado la posibilidad de estar en dicha situación.
Con el corazón martilleando su pecho, cerró los ojos al sentir como cada vez oprimía más su cuello. Al notar su obediencia, Zephyr amplió una sonrisa victoriosa, acercó sus labios al cuello y la besó sutilmente, seguido, lamió grandes zonas con lentitud.
—Ah... n-no... ¡infeliz! —su voz temblaba tanto que le impedía terminar de hablar.
—Eres muy suave, Reina. —Deslizó su mano desde la mejilla hasta el pecho, recorriendo su cuerpo como un arpa. Con delicadeza, como a un trofeo. Con su mano libre, acariciaba la curva de su cintura.
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Luang. De Lord a plebeyo.
Fantasi¿Conoces la traición? Puede que sí, ¿pero conoces la verdadera traición? Una traición que va más allá de lo emocional o simple rechazo. Takeshi experimentó tal traición de parte de su pueblo, quien a pesar de su diligencia, exigencia y esfuerzo para...
