23. ¿Qué demonios pasó?

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Transcurrieron varios días desde que lograron salir del bosque. La aldea que no cruzaba ni cerca de Zifkar estaba bastante lejos de su posición actual. Aún así, era la más cercana. Necesitaban con urgencia conseguir más suministros.

Sin embargo, aunque a veces era un cansancio inmenso, y dormir al aire libre llegaba a ser tedioso si se hacía con tanta frecuencia. La luz del sol era un consuelo para todos, sobre todo para Evangeline, quien no dejaba de admirar cada cosa con asombro como si fuese la primera vez que lo veía.

—¡Mira las hojas verdes! ¡el cielo! ¡las flores!

—Evangeline—llamó Takeshi—¡cállate! Créeme que soy alguien con mucha paciencia, ¡pero ya basta! Llevas días en eso.

—Lo siento, lo siento, es que cien miserables años. ¡Ahora me siento viva!—expresó, dando varias vueltas en el aire.

—¡Evangeline!—Hikaru la sostuvo por el pie y la haló de nuevo al piso. Alguien en una carreta se acercaba, no la vio, pero sintió vibraciones y escuchó un leve sonido del rechinar de un caballo—. No seas tan despreocupada. Alguien se acerca y te puede ver.

—Pero eso es bueno, podrían ayudarnos a llegar más rápido.

—No, Eva. Lo que pasa es que nosotros no podemos ser reconocidos, y exponernos tanto tiempo podría ser peligroso.—aclaró Takeshi.

—¡Pero exactamente que hicieron! Nunca me lo terminan de decir.

Siguieron su camino y como era de esperarse, sí se acercaban muchos jinetes. Se mantuvieron en silencio caminando, esperando a que el grupo siguiera de largo sin darles mucha importancia, mientras que Evangeline se mantenía impaciente.

Los pasos de los caballos cada vez se escuchaban más cerca—¡oigan!— llamaron, deteniéndose al lado de ellos—, ¿Saben por dónde queda el bosque de los enanos?—preguntaron paseando la mirada entre todos. Era un grupo de ocho, apariencia de mercenarios o de cazadores de tesoros.

—No, no sabemos.—respondió Hikaru.

Los jinetes los miraron por unos segundos con los ojos entrecerrados, a uno por uno hasta que sonrieron—okay, está bien. Muchas gracias—y siguieron cabalgando hasta la lejanía.

—Medio raros.—comentó Kattie.

Miradas sospechosas, pero al ver lo lejos que se habían ido decidieron ignorarlos.

La tarde transcurría sin piedad, volviendo el camino más agitado y tedioso. Cuando anocheció, casi a orillas de un camino, por uno alterno, se visualizaba una construcción de piedras musgosas y agrietadas, ventanas rotas y hierbas alrededor.

Se miraron las caras y atentos decidieron entrar. Con un poco de esfuerzo la puerta deteriorada y trancada por enredaderas, cedió, mostrando la suciedad y la oscuridad.

—¿Qué es... este lugar?—preguntó Kattie.

—Creo que es el refugio...—observando su interior con la poca luz externa—. Así quedó después de cien años...

Una vez más, improvisaron una antorcha para iluminar el interior del lugar. La luz tenue de las linternas reveló con mayor claridad el estado de abandono en que se encontraba. Telarañas colgaban del techo y una multitud de arañas se movían entre los rincones, mientras que el polvo, acumulado durante años, provocaba estornudos incontrolables entre los presentes.

Con precaución, comenzaron a ascender por las escaleras, aplastando sin querer a las cucarachas que emergían de las tablas desgastadas.

Al llegar al segundo y último piso, se encontraron con una chimenea en el fondo, rodeada de varias camas deshechas. Takeshi se acercó a la chimenea y lanzó la antorcha en su interior. Tras varios intentos y luchando contra la humedad de la madera, logró encender un fuego que irradió un calor acogedor en el ambiente frío y húmedo.

Luang. De Lord a plebeyo.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora