Capitulo 44

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Belia Moretti

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Belia Moretti

Siento la mirada de mi padre sobre mí, como si temiera mi proceder al entrar a ese cuarto de tortura. Tengo entendido que han dejado de golpear a quien sea que tengan ahí debido a que estuvo a nada a morir.

Seth me espera en su territorio para cerrar esto. Para mirar a los ojos a los dos hombres que nos torturaron a Osiel y a mí.

— ¿Me vas a decir que demonios tiene esa caja?

Me toma del brazo, deteniéndome justo frente a la puerta, mi mirada viaja hacia su mano y, por un segundo, quiero soltarme. No quiero hacer esto. Sin embargo, es la única carta que tengo en este momento, y si algo aprendí en todo este infierno es que a veces hay que jugar sucio.

— Lo siento... hija — suspira — No quise...

Desvío la mirada tragando grueso mientras mis ojos se cristalizan, no sé qué le dice al hombre que custodia la puerta sin embargo escucho como es abierta y medio sonrío.

La lastima siempre es una buena carta. Una que vale la pena usar si abre las puertas que otros no me permitirían cruzar.

Al entrar, entrecierro los ojos. Todo está oscuro, apenas una luz tenue alumbra una esquina del cuarto, lo suficiente para distinguir el cuerpo en posición fetal. Me tomo un segundo, enfocando la vista, y cuando levanta el rostro... el mundo se detiene.

— No... — susurro apenas audible, dando un paso atrás. El aire se torna pesado.

Un sabor metálico se instala en mi lengua al tragar saliva con dificultad. No... Me niego a creerlo, la persona que daba mis coordenadas, quien contactaba con mis enemigos para facilitar mi muerte... quien firmaba mi sentencia desde las sombras.

Mi tío.

El padre de Meyer.

Siento mis rodillas temblar, mis piernas flaquean amenazando con rendirse. Tantos meses preguntándome quien podía ser... y ahora está ahí, sucio, sangrando y derrotado. Lo peor de esto es que el monstruo, mi enemigo lleve mi apellido.

— ¿Estas bien?

La voz de Osiel llega como ancla a la tormenta de emociones y sobre todo la conmoción que me causa esto. Un frío recorre todo mi cuerpo al verlo, al saber que gracias a el pase por un infierno... Un infierno que jamás creí tener que vivir.

Me vuelve a tomar del brazo con firmeza, sosteniéndome.

— No — respondo sin mentirle, mis ojos no se despegan de él... de ese hombre.

Que irónica es la vida.

— No lo entiendo... — susurro con mis pensamientos luchando — ¿Por qué...?

El padre de Meyer levanta su mirada hacia mí, la mitad de su rostro amoratado y ensangrentado, pero sus ojos, maldita sea sus ojos seguían sin sentir culpa de sus actos, ni siquiera arrepentimiento.

Inevitable DestrucciónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora