Italia... un país totalmente amplio si de territorio hablamos, pero donde en aquellas tierras existe la disputa de hace varios años atrás. Son cinco mafias, mismo país, comparten fronteras, pero ninguna está dispuesta a estar en último lugar.
¿Qué...
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Seth Accardi
El sonido del agua golpeando suavemente contra el muelle. Nos bajamos del yate, la isla Angra do Reis es un paraíso escondido, rodeado de vegetación y cabañas de madera.
Privacidad y belleza es lo que buscaba para nosotros.
Mi hermano está a cargo y eso me ha dado el tiempo que quiero pasar con la mujer que está observando todo en silencio. Belia lleva un vestido blanco de crochet que deja entrever su piel por el sol, un diseño bohemio. La brisa marina lo hace ondear suavemente.
Mis hombres se despliegan por el área haciendo su trabajo y dejándonos solos. Le ofrezco mi mano y ella la sujeta sin mirarme, ya me he acostumbrado a esto, a esta manera de hablarnos, con gestos, en silencios que solo los dos entendemos.
Caminamos por el sendero hasta la cabaña que mande a preparar días antes. Está rodeada de árboles altos, y ventanales que dan vista al mar. Belia es la primera en ingresar, observa sin decir una palabra.
— ¿Quieres descansar un poco?
Ella niega con la cabeza. Se quita las gafas volteándose a mirarme por fin, sus ojos finalmente han perdido ese terror que tenían, hay un nuevo brillo reemplazándolo.
Evito decirle de las cámaras, así como del equipo de seguridad que estará patrullando. Ella esta creída que es un viaje para descansar del encierro en el que ha estado en estos dos meses, sin embargo, no le digo que es para que yo no pierda la maldita razón.
Estuve a nada de matar a las personas que aún mantengo en la bodega, y eso es algo que no me corresponde a mí sino a ella.
— Quiero nadar
— ¿Ahora? — pregunto
Belia asiente
***
El atardecer se refleja en los ventanales. Belia camina sobre el suelo, secándose el cabello con una toalla. Me muevo con las dos tazas que mantengo en mi mano hacia la terraza, dejo la mía junto a la suya.
Ella se acerca para sentarse frente a mí tomando una de las tazas, apenas y conectamos una mirada. Su pierna roza la mía una par de veces, no se aleja, sin embargo yo tampoco me acerco, el viento nos envuelve y por un instante quisiera mantenerme así, en esta tranquilidad.
Después de un rato, se levanta para volver adentrarse a la cabaña en total silencio. En cuanto desaparece mi celular vibra sobre la mesa.
Maldición.
— ¿Qué pasa?
Respondo en voz baja levantándome mientras me alejo de la terraza. Camino hacia el borde del jardín, la vegetación densa cubre casi todo y el sonido del mar es el dueño del lugar.
— Uno de los cargamentos no llego al puerto — explica — El contacto en Itaguaí se esfumo y...