Capitulo 28

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Osiel Moretti

No sé cuánto tiempo ha pasado, el aire tiene un olor pesado de mezcla entre aceite y humedad es entonces cuando logro enfocarme donde estoy, una maldita bodega.

Mis manos están atadas, sin embargo, busco la manera de moverme, mi intento muere cuando el chirrido de la puerta al ser abierta me alerta. Me arrastran con fuerza hacia otra sala mientras los hombres que me sujetan hablan en susurros en un idioma que no logro descifrar.

Cuando las puertas se abren es un espacio aún más reducido lo que encuentro, sobre la mesa del centro descansa un juego de ajedrez, las piezas perfectamente colocadas. En el extremo opuesto hay alguien de espalda, la figura viste un traje oscuro, la tensión en mi pecho amenaza con consumirme.

— Bienvenido Osiel — se da la vuelta y debo apretar mis puños para no irme encima de el — Toma asiento

— Hijo de puta —hablo entre dientes con mi voz cargada de odio. Jetmir sonríe — Te voy a matar

— Eso está por verse — abre la silla para sentarse de lado de las piezas blancas — Pronto tendremos a alguien con nosotros ¿Te parece si jugamos una partida mientras llega?

Los hombres que me sujetaban me obligan a sentarme a la vez que se mantienen detrás mio. Mis manos las sueltan y él mueve su primer peón, yo respondo de inmediato sin apartar la mirada.

— ¿Sabes? Se han escuchado grandes cosas de ti — habla mientras avanza su alfil — Todos pensábamos que sería tu cuñado quien sería el don.

— Hablas demasiado para alguien que va a perder — respondo moviendo mi caballo para amenazar a su reina

Jetmir sonríe de nuevo, esa sonrisa que me hace querer atravesarlo con el tablero entero, extiende la mano con lentitud tomando el alfil durante unos segundos parece dudar manteniendo la pieza en el aire y con un movimiento deliberado avanza colocándolo en la posición perfecta para atacar mi reina.

Mis dedos se tensan sobre los bordes de la mesa, no reacciono, no muestro nada y no se me dificulta porque los Moretti somos los maestros del engaño. La maldita sonrisa que desata me obliga a contener la rabia que arde en mi interior, está prolongando el tiempo, lleva su mano hasta mi reina y rodea la pieza con cuidado como si estuviera sosteniendo algo con gran valor.

— La reina cae...

Habla antes de colocarla fuera del tablero y se reclina en su silla dejando escapar un suspiro, sus dedos tamborilean sobre la mesa mientras su mirada se clava en la cámara que note en una esquina de la habitación.

— Hablando de reinas... — comienza con tono burlón — Parece que la tuya también está en mis manos, lo que me hace preguntar... ¿Qué tan lejos crees que pueda llegar tu doña por salvarte Osiel? ¿Acaso tu y ella tienen algo?

El silencio es más pesado que cualquier palabra, no puede ser verdad. Belia no puede estar aquí, no puede haber sido tan insensata.

*** 

HORAS ANTES

Belia Moretti

Mi celular no ha dejado de sonar con las llamadas de Seth, estoy segura que mi hermana le ha informado de mi decisión, pero es algo que no tiene vuelta atrás.

— ¿Y si no regresas?

Le doy una mirada a Bianca para que nos deje a solas y ella capta. Espero a que este a una distancia que no pueda escuchar nada, no necesito más riesgos y no puedo dejar que pierda lo que a nuestro padre le ha costado lágrimas y sangre.

— Tienes claro lo que debes hacer si no regreso — la tomo de los hombros — Eres la siguiente al mando, no puedes perder la cabeza y si no regreso yo ten claro que hare que nuestro padre regrese a ti.

— Belia...

— Sin discusiones — la corto — Sabes dónde está toda la información de mis negocios, así como de los laboratorios así mismo como el manejo de cada cosa.

— Señorita — Rigel me observa con la mandíbula tensa — Es hora

Asiento y me acerco para abrazarlo, pero no sin antes envolver a Erika en un abrazo. Tengo tantas cosas que decir, pero las palabras se quedan atoradas en mi garganta.

— No permitas que ningún auto me siga — susurro en su oído — Tienes orden de disparar al primero que intente seguirme sea de lejos o cerca.

Rigel asiente, aunque puedo sentir la tensión de su cuerpo, no le gusta la orden, pero no hay espacio para objeciones. Subo al auto y miro la pantalla de mi celular que muestra la ubicación que me paso Einer, cada kilómetro que recorro parece arrastrarme más hacia algo que no podre controlar.

Cada vez más me voy acercando al puerto de Palermo, las luces de la ciudad se desvanecen y dan paso a un terreno desolado, almacenes abandonados, grúas inmóviles, y mi celular suena cuando muestra que he llegado a dirección indicada.

La espera me carcome y es media hora después que un auto se detiene más adelante del mío. Dos hombres bajan y me recorren con la mirada.

— Camina hacia adelante — ordena uno de ellos con voz grave, intento leer algo en su rostro, pero no hay nada

Sigo sus instrucciones con mi cuerpo alerta, pero antes de que pueda reaccionar siento como uno de ellos me toma por la espalda con fuerza y otro presiona un pañuelo contra mi rostro, el olor químico me inunda los sentidos.

El mundo comienza a desvanecerse, los sonidos se distorsionan y mis piernas pierden fuerza y la última sensación que me queda es la de impotencia. 

 

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Inevitable DestrucciónDonde viven las historias. Descúbrelo ahora