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Al volver a casa, lo primero que hizo Amilcares fue buscar a Petunia, no entro en detalles de lo que en realidad había hablado con Ban-drui, no le mintió, pero tampoco le dijo toda la verdad completa. Cuando la besaba, lo hacía como si fuese la última vez que lo haría, era un beso con sabor a despedida, pues ni él estaba seguro de cuanto tiempo tendría con ella. La castaña lo notó, podía sentirlo en cada gesto de él parecía tener un propósito. Sin embargo, no le cuestionó, simplemente le abrazó y le amó con todo lo que ella era.

Lo que ella desconocía es que mientras Marissa no se rendía con encontrar una cura a la maldición, Ares ya se había resignado, por lo que en los momentos que no se encontraba a su lado estaba revisando pergaminos antiguos en la mansión Marsac, todo aquello correspondiente a sus apellidos, Gasca y Marsac: contratos viejos que ligaban herencia, tierras, conocimiento y protección mágica. Modificaba todo a escondidas: la designaba protectora y heredera viva, le transfería autoridad sobre su magia de sangre, la convertía, en caso de su muerte, en la última voz sobre su linaje. Era un acto prohibido sin testigos, pero la magia misma le había dado el permiso, firmo todo aquello que necesitaba ser firmado con la seguridad que su amor le permitía. 

Terminado aquello, su último pendiente era ir a su bóveda en Gringotts, aún faltaba lo más importante para oficializar todo: un anillo de compromiso y los de matrimonio, ambos con un doble proposito.  El anillo de compromiso portaba en el centro una esmeralda bordeado con pequeños onix, en el interior de la banda Ares grabó "eres mi hogar, mi raíz, mi espejo bueno", un recordatorio de lo que ella era para él. En cuanto al anillo en la boda mágica, aunque no era común usarlo, decidió incluirlo  y lo encanto para que sellara la unión, aunque él muriera este liberaría un escudo físico en ella, así mismo guardaría una memoria: su voz diciendo su nombre una última vez.

Nuevamente quería hacer algo especial para ella, así que en el lugar en el que nació su noviazgo, nacería su promesa de matrimonio, aunque ya estuviesen casados por las leyes muggles. Antes de abocarse a ello, subió al despacho de su difunto padre, con su sangre abrió el armario que escondía un el baúl, mismo que guarda un ritual que solo era usado cuando no había más descendientes de línea directa; algo simple, cruel y hermoso. Ofreció un fragmento de su alma  de la manera más pura y desinteresada para que su pareja no quedara desprotegida —Si mi vida se quiebra antes de tiempo, que su destino no caiga conmigo— susurró aquellas palabras en un sacrificio de una sola vía y si su alma ya estaba condenada sería él quien decidiera como sería fragmentada, todo con tal de garantizar que su amada no fuera rastreable, ni cazada por aquellos que se estaban alzando en las sombras proclamando pureza de sangre y falsa supremacía. 

Su abuelo le había alertado de ello, pues durante su ausencia algunos señores pertenecientes a los sagrados 28, buscaron su alianza, sin embargo, abiertamente se declaro en contra de sus ideales, por lo que ya lo habían llamado traidor a la sangre al convivir con sangres sucias y muggles. Marcando una amenaza a su familia y allegados.

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3 de febrero de 1979

La fecha de la boda había sido decidida la misma noche que Ares le volvió a pedir matrimonio, esta vez con un anillo, es por eso que esta tarde Petunia tomaba el té junto a la ventana, pensando en los votos, las flores y como sería caminar hacía él con amor desbordándole en la piel, guardando una noticia que podría significar muchas cosas para ambos.

La boda se estaba celebrando en el bosque detrás de  la mansión Gasca, un claro envuelto en luz dorada, como si el sol hubiese decidido bendecir solo ese pedazo de tierra. Flores flotaban suspendidas en el aire por encantamientos suaves que aplicó Marissa, girando en espirales que liberaban un aroma fresco. Era algo íntimo, pequeño, perfecto, así lo llamó Petunia.

Petunia... Dursley? JAMÁSHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora