No había dejado de llover desde hace dos días. Los arboles formulaban ligeros silbidos cuando el viento azotaba con más fuerza, esos silbidos que ella podía oír fuera de la ventana adornada por esos vitrales, le recordaban como escuchó la voz de su madre.
El fuego de la chimenea de mármol blanco ardía lentamente, en esa fría mañana de lluvia constante, no podía apreciar la usual calidez estéril, que antes.
Se alejó de la ventana, caminando a paso lento mientras sorbía un poco de leche con chocolate blanco, el cual humeaba levemente, pasó frente a la chimenea que le transmitía algo de calor.
La sala estaba prácticamente sola, Lorgia y dos personas más la ocupaban, la amplitud del lugar daría paso al eco de cada paso o movimiento, pero el sonido del viento y la lluvia lo suavizaban. Su mente evocaba con dulzura el tono, el timbre y el ritmo de la voz de su madre, traía ello a su psique para llenarse de ella, como si lo acariciara y lo apretara hacia sí misma. De todos los recuerdos bloqueados de la infancia, uno que le dolía tanto no poder recordar era la voz de su mama y el volver a escucharla, le había reconfortado demasiado.
Dio un delicado sorbo a su taza y continuo caminando con pasividad; dando vueltas a la estancia se sosegaba reconstruyendo esa imagen de su madre ruborizada, viva y no esa que la persiguió por años, "Lucia más viva hoy estando muerta" pensó apaciblemente. Al final era un alivio poder contar con esa nueva imagen mental de su madre; en ese evento pudo recuperar tanto de ella como nunca en su vida, convirtiendo algo de dolor en consuelo.
El ligero rechinido de las blancas puertas del despacho, al abrirse, le anunció que era su turno con Elia, Lorgia, sin aceptarlo, estaba entusiasmada de hablar con ella nuevamente.
- Estoy muy contenta con el progreso que llevas Lorgia. –declaraba con autentico brillo de sus ojos cafés- ¿Cómo te sientes ahora?
Con ambas manos en la taza buscando calentar sus esbeltas y blancas manos con el calor remanente, con aspecto meditabundo no respondía inmediatamente.
- Extrañamente... -hizo una pausa para aspirar con tranquilidad- me siento muy bien.
Empapada y con un andar lento e indiferente atravesó la distancia desde la arboleda hasta el edificio central, se había desatado una lluvia fina, pero densa; desde que repuso fuerzas y emprendió el regreso de aquel claro entre los árboles. Se encontraba en blanco, entro a su habitación y de modo instintivo cambio su ropa y salió para dirigirse al comedor, en los pasillos, caminando aun absorta, se tropezó con Elia, quien al mirarla en ese estado supo que algo no estaba como debía, le toco suavemente la mano y entendió mejor por lo que pasaba. Con un rato de charla y mucha paciencia, Lorgia pudo compartir con Elia la experiencia de volver a ver a su madre en aquella misma tarde.
- Sin duda lo que viviste no fue nada fácil, pero no esperaba que lo asimilaras así de rápido.
Más que extraño, era sorpresivo, tanto la terapeuta como la paciente coincidían. La esbelta figura de Lorgia lucia inmóvil cual estatua al observar esa pintura extraña en la habitación, esa que parecía una luna o un halo.
- No lo puedo explicar. –hizo una pausa a la vez que acariciaba lenta y suavemente el contorno circular del borde de la taza con la mano derecha, mientras la sostenía con la izquierda, como buscando el final del circulo- Durante todos estos años, sin tener a mi madre, siempre hubo algo que no terminaba de encajar, algo que siempre busque acoplar en mi vida... - se detuvo otra vez, agacho la cara para mirar al fondo de la taza que ya estaba vacía, como buscando algo- eso que me obligaba a exigirme más y más... pero nunca me logro hacerme sentir completamente satisfecha. –alzo la mirada al techo mirando hacia ningún punto y suspiro antes de continuar- Solo seguí intentándolo, pero por más que lo hacía, sentía, me alejaba más.
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Promesas Rotas
RomanceHay personas que aprenden a hacerse invisibles para sobrevivir. Remy Bazán es una de ellas. En el último rincón del salón de clases, un chico que escribe lo que no puede decir ha construido muros tan altos que ya ni él mismo recuerda cómo se ve el m...
