El soplido frio del viento le metió los cabellos a los ojos y la hizo pestañear varias veces y entre esos intentos por recuperar la visión la pudo ver. Intempestivo y enrachado el viento le silbó en los oídos mientras esa grácil figura le llenaba la turbosa visión, sabia que era ella, su paso firme, decidido y esa cadera y hombros repletos de confianza eran casi una firma personal que tenía al andar. Quiso levantarse, pero se desanimó, ataviada en un short de mezclilla y una floja blusa blanca quedaban traspasadas por el aire y le jugaban las ropas. Michelle buscó aferrarse a la vieja banca de metal de siempre, con las manos, estaba nerviosa. Finalmente, esa silueta de una mujer, más que una estudiante, la tuvo delante de sí. El viento se contuvo cuando Lorgia dio el último paso; mirándola, como siempre, como si de una atalaya ella bajara la vista para reconocerla.
- No sabía si vendrías. -con ojos llorosos dubito-
- Yo tampoco. -en esa forma estéril de decir las cosas que ella tenía, asintió- Y aun así, heme aquí.
Quiso darle una sonrisa por no haberla dejado plantada, pero, rápidamente Lorgia inquiría.
- ¿Qué tienen tu y Remy con este lugar? -pregunto curiosa mientras miraba alrededor del jardín-
Sin poder evitarlo, se sonrojo, la rubia recordó en un instante todos los eventos que compartió con Remy y sin él en aquel lugar. Incluso aquella primera vez en la que cito a Lorgia para hablar con ella dos días antes del concurso de literatura que ella perdió, eran tiempos distintos cuando ella intentaba entender porque Remy era tratado tan mal, otros tiempos donde ella estaba preocupada por ese novio al que quiso proteger. Estaba enamorada de él, ella se sentía plena. Esa ocasión nada salio bien entre ellas dos. Esta vez, ¿sería diferente?
- No lo sé. -suspiro- Sin quererlo se ha vuelto un templo de ..
- Dolor y alegría. -interrumpió Lorgia quien interpretaba la energia del lugar-
- Si... -con la frente fruncida, sorprendida por la exactitud con la que Lorgia completó su respuesta, afirmó- Así es...
La calma ahora reinaba en el jardín, ya las nubes del cielo tomaban tonos violáceos por la despedida del sol en el horizonte. La baja temperatura otoñal ya le comenzaba a calar a Michelle.
- ¿De qué quieres hablar Michelle?
Para responder, la rubia tuvo que ponerse de pie.
- No te molestaría si no fueras mi última opción. -ya había pensado que tendría que responderle-
Desde que llegó a México, no había podido tener una amiga, las circunstancias de su integración al grupo de su escuela no le dio la oportunidad, solo Remy fue su mundo; eso fue cómodo y de algún modo, fácil. Solo cuando regresó a Kalispell probó de nuevo tener una amiga, Melanie. Con ella recorrió un camino del cual poco a poco se arrepentía. No le guardaba rencor pues entendía que ella era así, que Melanie tenía ese espíritu salvaje e irresponsable, e inicialmente eso fue lo que le atrajo de ella. No podía culparla por ser quien ella era. A su regreso, desatando el caos, en su escuela, comprometió el que alguien, alguna chica buscará acercarse a ella. Ahora que lo pensaba, ese corto periodo de su vida, sembrando desconcierto, lo veía como si fuera otra persona; en efecto, ella quería ser otra persona, ser una mejor versión de sí misma. En aquel tiempo poco le importó, quería estar sola, tenía ira y rabia corriéndole las venas, le importaba poco. Con la vida agitándole la existencia, entre accidentes, encuentros carnales con un ex que no sabe si odia o ama, su madre enferma, y errores que estaba cometiendo, la habían sobrepasado totalmente, era una pesada carga en los hombros y en el corazón. Ya no podía con ello y los recientes eventos derivados del accidente en el laboratorio le permiten ver la realidad, necesitaba a alguien. No un novio, una pareja o a su madre, alguien con quien pudiera ser lo más transparente posible, que le pudiera dar algún punto de vista o simplemente escucharla, le sería de gran utilidad. Necesitaba una amiga.
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Promesas Rotas
RomanceHay personas que aprenden a hacerse invisibles para sobrevivir. Remy Bazán es una de ellas. En el último rincón del salón de clases, un chico que escribe lo que no puede decir ha construido muros tan altos que ya ni él mismo recuerda cómo se ve el m...
