Capítulo 23

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El paseo entre la mansión de Víctor y mi casa acabó durando más de una hora. Después de la carrera necesitada y apresurada el camino había sido mucho más ameno y tranquilo, atravesando callejuelas y calles secundarias que alargaban la distancia que debía recorrer porque quería evitar llegar a mi casa y afrontar la realidad. A pesar de la gran caminata, el camino no se me hizo largo o pesado.

    Por mi cuerpo pasaron diversos tipos de emociones; desde la rabia, hasta la frustración, la tristeza y finalmente la aceptación de reconocer el final de una historia que acababa de empezar a arrasar con todos mis sentimientos y las esperanzas hacia un futuro sin más problemas o relaciones tóxicas.

    Sin embargo, cuando finalmente llegué a la calle de mi casa, el reciente pasado que intentaba olvidar estaba justo parado frente a mí.

    Literalmente.

    Víctor estaba apoyado en su moto negra frente a la puerta de mi casa. El rizado miraba su teléfono y a continuación dirigía su vista hacia la puerta de nuevo, y en ese instante me alegré de haber apagado el aparato justo después de mi carrera desenfrenada, ya que estos dispositivos llevaban integrado un localizador que sería fácil de conectar y ayudaría a aquella banda a hacer justo lo que quería evitar, encontrarme.

    Durante unos segundos me sentí acorralada. Víctor sabía dónde vivía, mis amistades, quién era mi hermano y hasta el horario de trabajo de mi madre. Si huía de ellos... ¿Serían capaces de ir a por mi familia?

    Era una banda que había robado y estafado un casino y burlado toda la seguridad y los cortafuegos electrónicos de este, ¿qué serían capaces de hacer con una familia normal y corriente como la mía?

    Quise poder retroceder en el tiempo y evitar aquella noche en la que por culpa de mi distracción y mi desorientación mi destino había acabado pintado entre los adoquines y los árboles de aquella plaza y ahora decidido en manos de aquellos extraños miembros de una misteriosa banda. Quise huir y no volver jamás para perderles la pista para siempre. Quise hacer muchas cosas que fueron imposibles, mi presente eran mis errores del pasado y ahora era tiempo de afrontarlos y luchar contra ellos.

    Giré mis pasos y me encaminé en dirección contraria a la que realmente me dirigía, me fui a otro lugar al que también podía considerar mi casa. Pensé en dirigirme hacia casa de Gabbie, pero aquel sería un lugar fácil de encontrar para Víctor; también pensé en dirigirme hacia el hogar de Mel, pero con la morena la relación se había enfriado levemente durante las vacaciones de navidad y no me sentía con las ganas ni las fuerzas para aguantar su lengua viperina y sus historias de relaciones frustradas. Finalmente la opción más brillante ante las dificultades era la casa de Zoe, el tipo de mejor amiga que sabía que pasase lo que pasase siempre sería capaz de comprenderme y ayudarme, o aunque fuese al menos intentarlo.

    En el trayecto hacia la casa de Zoe encontré un objeto que podía servirme de gran ayuda en mi huida y escondite. Un objeto que muchos consideran extinguido y a veces incluso únicamente cargando con una función decorativa. Encontré una cabina telefónica. Al descolgarla escuché un leve pitido, lo que indicaba que el teléfono tenía línea y que esperaba a que insertará las monedas y que marcará el número para establecer la llamada. Tecleé con rapidez el número de teléfono y en menos de dos tonos una voz ronca y somnolienta respondió a la llamada.

    -Mh... ¿Sí?- Ese no era mi hermano.

    -¿Jacobo?

    -¡Pulga!- exclamó sin fuerzas y con el sueño aún distorsionando varios tonos de su voz.- ¿Cómo estás, reina?

    -Muy bien y espero que tú también, pero la verdad es que tengo un poco de prisa, ¿podrías pasarme a mi hermano, por favor?

    -Sí, aquí al lado lo tengo tumbado y durmiendo como un puto tronco baboso. Aunque ya podrías pasarte a vernos algún día que nos tienes más que olvidados. Mamá está pensando en ir y traerte de los pelos hasta casa.

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