Capítulo 2

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-Mira, me encantaría quedarme aquí a hablar contigo... -empecé a excusarme a la vez que retrocedía lentamente con la esperanza de que si me movía más despacio y con sutileza el inexpresivo rizado no notaría que me iba. Cada pequeño paso que lograba retroceder me hacía querer soltar una victoriosa sonrisa- Pero verás, tengo prisa así que...- las palabras quedaron atascadas en mi garganta cuando, habiendo retrocedido un metro de distancia del chico, había decidido darme la vuelta y echar a correr hasta que mis ilusiones acabaron de golpe dándome de cara contra el duro torso de otro chico que se había posicionado detrás de mi cuerpo sin yo haberlo notado.

    ¿Cómo mierda son capaces de moverse con tanto sigilo?

    El chico iba rapado y apenas cubría su cuerpo con una camiseta de cuello bajo y en forma de "V" que dejaba entrever unos definidos y tatuados pectorales. El chico tenía una sonrisa casi tan burlona como la del rizado mientras sus ojos devoraban mi presencia paralizada frente a él. Di una vuelta sobre mi propio eje y caí en la cuenta de que otros dos chicos también me habían rodeado formando un cuadrado alrededor de mí que me cerraba todas las posibles huidas que tenía planeadas en mi mente. 

    Estaba tremendamente asombrada ante el silencio y el sigilo de los chicos en sus movimientos, pero a la sorpresa le ganaba la duda, la duda de que querían hacer cuatro chicos como ellos con alguien como yo en una fría, oscura y solitaria noche de invierno. Muchas ideas no demasiado buenas o inocentes abordaron mi cabeza sin filtro capaz de retenerlas o de controlar el pánico que amenazaba con inundar todo mi sistema nervioso.

    Pronto recordé que ellos no eran los únicos en aquella plaza y pude ver en la distancia como los otros tres chicos restantes miraban la situación desde las canchas junto a las chicas, las cuales reían sin disimulo y hablaban entre ellas. Todas hacían eso menos una con el pelo azul que me miraba como si me retara a algo, aunque no sabría decir exactamente a qué. Su mirada me confundió y a la vez aumentó la impotencia que me producía la situación de verme acorralada, con nulas formas de escapatoria y sin poder hacer nada para evitarlo.

    -Bueno, parece que tienes todo el tiempo del mundo para hablar conmigo.- comentó con burla el primer chico haciendo que toda mi atención volviera hacia él. Sus ojos tenían el mismo color que el río que había al lado de mi anterior casa y eso en otro momento me habría tranquilizado y llenado de calma, pero la chispa que había encendida en ellos me hacían tener las mismas ganas de alejarme que de acercarme a él.

    Despejé mi mente, otra vez, de los pensamientos sobre el chico de fascinantes ojos esmeralda y evalué todas mis opciones para poder salir de aquel lugar ilesa y lo más pronto posible. Una cosa tenía clara, no pensaba esperar a ver que querían hacer conmigo ni tampoco iba a dejárselo fácil a aquellos cuatro matones de barrio.

    Mirándolos rápidamente deduje que con uno de ellos podría, casi seguro, dejarlo inconsciente; había hecho boxeo por dos años y durante toda mi vida había dado clases de defensa personal con mi padre y mi hermano, los cuales no me trataban con delicadeza o suavidad en aquellas sesiones, sino que se ponían bruscos y violentos tal y como un verdadero agresor haría. Hacía algunos meses desde que había practicado cualquiera de las dos actividades, pero a pesar de eso aún estaba en buena forma física. Sin embargo, acabé descartando la idea de enfrentarme físicamente contra alguno de ellos, pues entre el tiempo que tardará en dejar a cualquiera de ellos fuera de combate otro ya se habría acercado y habría perdido mi única oportunidad de huir.

    Tenía la sospecha de que pensaban que era una chica asustada e indefensa que se encontraba completamente acorralada y a su merced en aquella oscura y solitaria plaza. Veía esa prepotencia y superioridad reflejada en sus miradas, esa seguridad de tenerme totalmente atrapada y, aunque eso me molestaba en sobremanera, tal vez podría serme útil.

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