La oscuridad se cernía sobre mi habitación llenándolo todo de sombras con formas deformadas que se erguían debido a la luz del exterior. No era una oscuridad completa, más bien una negrura parcial que se veía corrompida por la luz artificial de las farolas que se filtraba a través del gran ventanal. Las cortinas estaban recogidas y la persiana subida y en cuanto amaneciese en unas pocas horas sería imposible conciliar el sueño.
Tampoco era como si pudiese ser capaz de moverme para cambiar algo de lo que pasaría en un futuro inevitable y no tan lejano. Me encontraba acorralada, atrapada entre el frío yeso de la pared blanca a mis espaldas y el calor abrasador que emanaba del cuerpo del chico a mi lado.
No había sido muy difícil convencerlo para que se quedara a dormir, no hicieron falta las palabras después de aquel beso largo y profundo para que Víctor entendiese que lo quería junto a mí durante toda la noche. Habíamos subido agarrados de la mano con nuestros dedos entrelazados con delicadeza y en el mayor silencio posible, solamente corrompido por los chirriantes escalones que conducían hasta el segundo piso. Nunca me había dado cuenta de los múltiples crujidos que hacían hasta aquella noche en que cada sonido me había estremecido ante la idea de mi hermano o mi madre cazándome en aquella situación furtiva tan comprometedora.
En pocos minutos habíamos acabado bajo las sábanas, bien tapados hasta el cuello, envueltos en el calor de las múltiples mantas sobre nosotros; yo con mi respectivo pijama puesto y Víctor sin nada más que sus calzoncillos negros.
Pero ahora habían pasado largos minutos desde que nos habíamos tumbado uno al lado del otro y el silencio seguía reinando de manera densa en la habitación. Me sentía cómoda con la presencia del rizado a mi lado, pero tenía un extraño nudo de incomodidad y nerviosismo instalado en la garganta, un nudo que no me dejaba hablar con libertad como siempre hacía o sentirme a gusto estando en mi propia cama. Además, pese a tener el fornido cuerpo de Víctor a menos de un palmo de distancia, durante aquellos largos minutos solamente nuestras manos se habían rozado, accidentalmente y de forma casi superficial, en la palma. Víctor se mantenía prudentemente alejado de mí y yo no sabía por qué.
La conversación en el bosque y todos los sentimientos expuestos pesaban de manera tensa y vergonzosa sobre nosotros una vez la excitación del momento se había apagado para dejar paso a la calma y a la realización de todo lo pronunciado.
Y yo seguía mirando los reflejos que creaban la luz y las sombras combinadas en el techo de mi habitación, formando un mundo paralelo en el uniforme techado azul.
-¿Nunca has pensado en irte de aquí?- irrumpió Víctor en un susurro ronco y apenas audible. Era una pregunta interesante y a la vez levemente inquietante. Todo el mundo en algún momento de su vida ha tenido la imperiosa necesidad de huir, inclusive ahora mismo podemos dejar pasar los días mientras el deseo por hacerlo late de manera permanente en las profundidades de nuestros anhelos. Pero que la pregunta surgiera durante la noche, que es cuando las horas son más arduas y reflexivas para el ser humano, dejaba claro que la intención de Víctor era directa y sin rodeos y no una pregunta soltada al azar con la intención de simplemente romper el pesado silencio.
-Muchas veces he querido escapar para siempre y no volver. Hace unos meses solía hacerlo, me escapaba algunos días con normalidad y libertad, casi como una costumbre. Me iba a una fiesta un viernes con una mochila a los hombros y la escondía en algún lugar de la casa para después en la madrugada recogerla. Todavía borracha caminaba sin rumbo fijo hasta llegar a algún sitio tranquilo y solitario, aunque tampoco solía importarme demasiado si había gente. Debía tener una pinta tan demacrada y deprimida que ni una vez se me acercó nadie a hablarme o tan siquiera para robarme.
>>Me pasaba las noches en vela mirando el cielo oscuro y lleno de estrellas brillantes clarear y finalmente contemplaba el amanecer mientras sentía como todas mis extremidades se habían quedado entumecidas debido al frío de la madrugada. Con la luz, dónde no podía ocultar mi pésimo aspecto ni la pena que se destilaba por mis ojos, solía irme a casa de alguna amiga o de algún conocido a dormir aunque fuese un par de horas. No me importaba donde dormía o si me hacían algo mientras lo hacía, solo quería descansar un rato y reponerme de la gélida noche y de la solitaria oscuridad.
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El juego.
Novela JuvenilEl lugar equivocado en una fría y solitaria noche de invierno. Una chica perdida entre las desoladas calles. Una banda. Unos hipnóticos ojos verdes. "-...pese a que tú no lo creas estoy seguro de que este mundo del que huyes te pertenece mucho más d...
