21

12.5K 875 260
                                        

Abril, 13

—¿Y por qué tú no vienes con nosotros?— vuelve a preguntar. Le sonrío y luego pongo mi vista en los cordones de sus zapatitos.

—Es que estoy un poco cansada, amor— repito la misma mentira que le he dicho desde que empecé a vestirla.

La semana se había pasado volando, entre peleas, burlas, insultos, uno que otro golpe y millones de muecas de desagrado dirigidas mutuamente, Damián y yo habíamos logrado convivir y sobrevivir el uno del otro está semana. Tenía planeado irme mañana por la noche pero Damián aún no sabía eso, y estaba esperando el último momento para decirle.

Ni siquiera habíamos tenido una conversación que no fuera entre burlas, doble sentido, o unas bien directas invitaciones a su habitación. ¿Quién lo entendía? Ya no sabía sí me odiaba, le desagradaba, o me deseaba, o bueno, a fin de cuentas era él, de seguro sentía todo eso por mí al mismo tiempo.

—Bueno, le diré a papá que también tomé una fotografía de los gorilas para tí.— río levemente y asiento.

—Esta bien, princesa.— sonrío y dejo un besito en su frente.—Ya terminamos con esto.— digo señalando los zapatitos. Ella ríe y los ve.— Ahora hay que peinarte.

Asiente efusivamente haciendo que su cabello suelto se mueva por todos lados. Estamos en mi habitación, por lo qué la siento en la cama mientras empiezo a peinar con delicadeza su cabello.

Hace un par de días había vuelto a aparecer por aquí la misma rubia llamada Violet, pero no estuvo mucho tiempo, pues gracias a Mía, su padre le “pidió” a su maldita novia entre susurros agresivos que se marchara de la casa. Juro que nunca antes había estado tan orgullosa de la actitud malcriada y consentida de mi hija, hasta entonces.

La puerta de la habitación se abre de la nada justo cuando termino de hacer la segunda coleta en la melena rubia de Mía. Damián apareció por ella arreglándose las mangas de su camisa blanca, a la altura de sus codos. Llevaba puesto un pantalón beige que llegaban hasta sus tobillos, el tupe dorado le caía en ondas suaves y hermosas por la frente, y de su cuello colgaba el vegvisir que me había quitado la mañana del martes.

Hermoso el hijo de puta.

Mía, qué vestía un tierno overol azul de jeans, que llegaba hasta la mitad de sus regordetes y tiernos muslos de bebé y de bajo de eso una camisa blanca de mangas cortas, salió corriendo en dirección a su padre, justo cuando terminé de atar la primera coleta.

Damián sonríe y la toma en brazos antes de dejar un tierno beso en su cabeza.

—Veo que aún no estás lista.— le dice tiernamente.

—Sólo me falta una.— dice la niña señalando su cabeza, y Damián ríe.

Me pongo de pie y ajusto el nudo de mi albornoz de baño mientras me acerco a ellos.

—Ya estoy terminando— le digo y me detengo frente a él para tomar a la pequeña en mis brazos.— sólo espera un poco.

Giro sobre mis talones con la niña en mis brazos, antes de esperar una respuesta de su parte. Vuelvo a dejar a Mía en la cama y me dispongo a continuar con lo que había dejado a medias.

—Está bien— dice detrás de mí— llévala al patio del frente cuando acaben.— y antes de que pueda decir algo, escucho sus paso y luego la puerta abrirse y continuamente cerrarse.

Mil pedazos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora