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Abril, 22





Miro la hora en el reloj digital de mi auto: cuatro y quince de la tarde. Suelto un suspiro y me adentro al estacionamiento subterráneo del edificio, conduzco hasta mi lugar y luego de tomar mi bolso y un par de carpetas con documentos importantes que debo revisar, retiro las llaves del vehículo y salgo después de apagar el motor. Cierro la puerta sin ponerle mucha atención y suelto un suspiro pesado antes de empezar a caminar por el estacionamiento medianamente lleno de vehículo.

La mayoría de los residentes del edificio al parecer no han regresado a sus hogares. No hay ni una sola persona más que yo en este lugar, y eso me provoca un poco de nervios, quizás también miedo. Pero libero mi mente de la paranoia y después de mirar a todos lados apresuro mis pasos que resuenan y hacen eco por todo el silencioso lugar gracias a los tacones de aguja que llevo puestos.

Llego al ascensor rápidamente y me adentro en él, presiono mi piso en el tablero táctil y las puertas empiezan a cerrarse. Suelto un gran suspiro. Estoy muy estresada, toda la semana lo he estado, y es qué al día siguiente de haber llegado de Rusia me levanté muy temprano para ir a la oficina, y joder, que sí me hubiera tardado un poco más, quizás el edificio se hubiese encendido en fuego por sí solo.

Todo, absolutamente todo estaba patas arriba, me perdí tan sólo una semana y pareciera que hubiesen pasado años. El trabajo se había acumulado increíblemente, muchos socios se enojaron por mi “Irresponsabilidad” uno que otro se enojaron tanto que rompieron contratos.

Había sido un semana de mierda y muy pesada, tan pesada que era domingo y aquí estaba yo, regresando del trabajo con más trabajo a las cuatro de la tarde ¿Era justo? Por supuesto que no. Yo debía haber ido por mi hija hace un buen rato. Debía estar en casa todo el día, con un horrible pijama, el cabello recogido en un feo moño y comiendo muchas golosinas con mi hija mientras hacíamos maratón de princesas.

Suelto un suspiro de cansancio, de irritabilidad y frustración.

Desde el martes mi hija está a solas con su padre, fuí a verla las dos únicas veces que no salí de la oficina a las ocho de la noche. La extrañaba mucho, pero la verdad es qué que estuviera allá me relajaba mucho, pues casi no he tenido tiempo ni siquiera para mí desde que volví a la oficina, y con ella acá todo sería más complicado, teniendo en cuenta que no regresaría a la escuela hasta mañana. En ninguna de mis visitas ví a Damián, de hecho no lo miraba desde nuestra pelea en mi habitación, cuando fuí el viernes por última vez a la mansión, pregunté a Carmen por él, me dijo qué estaba enojado y qué cuando yo iba él se encerraba en nuestra antigua habitación hasta que me fuera.

Infantil del mierda.

Pero bueno, no podía quejarme, yo tampoco tenía ganas de mirarlo. Otro suspiro sale de mis labios y negando, salgo del ascensor tan pronto las puertas se abren. La soledad de mi casa me recibe como lo ha estado haciendo todos estos días, aprieto mis labios y echo una mirada a todo el lugar antes de empezar a caminar hasta la mesa de cristal para dejar sobre ella mi bolso y las carpetas del trabajo.

Saco mi nuevo teléfono de la cartera y mientras lo reviso empiezo a caminar hacia la cocina por un vaso de agua. A penas tengo tiempo de darme una corta ducha y vestirme con algo cómodo para ir a buscar a mi hija a casa de su padre.

Saco una jarra de cristal del refrigerador y sirvo mi agua en un vaso, regreso la jarra a su lugar y después de tomar mi vaso camino fuera de la cocina.

Había logrado recuperar mi antiguo número telefónico, pero al ver todas las llamadas y mensajes que Tristán me hacía a diario, me hacían creer que no había sido una buena idea. Bebo un sorbo de mi agua y cierro los ojos con fuerza tratando de aliviar inútilmente la pequeña molestia en mis sienes.

Mil pedazos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora