No responde.
Me mira y nuevamente los segundos de silencio se expanden entre nosotros. Él parado del otro lado del salón con una postura descuidada, como sí lo que acabo de preguntar no le hiciera ni el más mínimo cosquilleo en las emociones.
Sus ojos no se separan de los míos y en cierto momento frunce el ceño y luego lo relaja. Ladea la cabeza a su derecha y observa por un segundo a las chicas que ya no saben ni dónde esconder la cabeza por la incomodidad que de seguro han de estar sintiendo por presencial la escena.
Sus ojos se vuelven a mí, me analiza con cuidado y finalmente enarca una ceja.
—Creo que sabes perfectamente como fué.— dice sin ninguna emoción, con una neutralidad tan impecable que los vellos del cuerpo se me erizan. La rabia se acentúa y sólo puedo pensar en lanzarme sobre él y clavarle en el pecho un puñal, herirlo tantas veces en el mismo sitio, para que mínimamente sea consciente del dolor que me causa.— Tú estuviste allí.
Me recuerda al tiempo que un millón de imágenes de esa madrugada, invaden cada centímetro de mi pertubarda cabeza.
Mis ojos lagrimean, lloro porqué no consigo otra manera de drenar el dolor.
Y a pesar de todo, del llanto y del corazón que cada vez se rompe más a tal punto de sentirse como nada, no dejo de mirarlo. De buscar en sus malditos ojos azules que pueden confundirte haciéndote creer que es un ángel, cuando ciertamente es el mismísimo lucifer, una respuesta, una maldita respuesta, una señal, un mínimo indicio de culpa. Cualquier cosa que haga que mi alma se sienta menos hundida, menos culpable.
—Si.— asiento apretando los labios.— Todos estaban cubiertos por mucha sangre,— digo sin poder contener el dolor y la rabia que me produce hablar de esto con él.— el lado izquierdo del rostro de mi hermano estaba destrozado.— sigo narrando, buscando el más mínimo destello de remordimiento en su rostro, pero nada. Sigue igual.—Estaban muertos cuando logré salir del lugar dónde mi hermano me metió para que no me pasase nada.— me quito con rabia las lágrimas del rostro y más vuelven a caer.— Estaban muertos, o quizás no. Quizás aunque sea uno de ellos pudo haberse salvado sí hubiese recibido la atención necesaria al momento.
Sí el asesino no se hubiese marchado.
No se mueve, no habla, no hace otra cosa más que mirarme. ¡Y me desespera! ¡Me desespera que no diga nada! ¡Que no haga nada!
—¿Cómo fue para ti?— pregunto incitándole a hablar. A qué me diga y escuchar de su propia boca que aquello no le importó en lo absoluto, quiero oírlo, oírlo y odiarlo más, oírlo y acrecentar aún más el muro de odio que nos separa.— ¿Qué sentiste?— insisto con odio en la voz, al no tener respuesta por su parte.— ¿Por qué lo hiciste?— mi voz se quiebra, pero me obligo a recomponerme, a quitar de mala forma el exceso de humedad de mi rostro, y al ser tan brusca termino golpeándome las mejillas.— ¿Qué fue lo peor que pudieron haberte hecho?— Nada. Se niega totalmente a hablar y solo me mira sin ni siquiera intentar abrir los labios. ¡Me frustra! ¡Me enoja!— ¡¿Que te hicieron, maldita sea?! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¡¿Te hicieron algo o simplemente estabas aburrido?!
—Fue un accidente.— responde sin inmutarse, sin mostrarme una sola maldita emoción.
Resoplo con ironía y niego, al tiempo que paso la mirada por el lugar, dándome cuenta que las chicas de limpieza me han dejado sola. Pero ya no me importa, siento tanta rabia que ya no me interesa.
—Un accidente...— susurro con amargura volviendo a poner mis ojos en él.— ¡Mentiroso! ¡Hijo de perra...!
—¡¿Qué quieres escuchar?!— pregunta perdiendo la maldita calma, mostrándose como verdaderamente es. Se acerca, empieza a acortar la distancia a grandes zancadas y por un segundo tengo el impulso de correr lejos de él, pero no, hago totalmente lo contrario y me quedo en mi lugar.— ¡¿Qué lo hice adrede?! ¡¿Que me estorban cuatro malditas personas que ni siquiera conocía?! ¡¿Qué ni siquiera los atropellé sino que tomé un arma y fui a dispararles?!— se detiene a un metro de distancia y con la respiración acelerada, abriendo y cerrando continuamente sus puños, sin dejar de mirarme.
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Mil pedazos.
DiversosPromesas sin cumplir. Un profundo vacío. Un amor obligado a terminar. Lágrimas de dolor. Una hija por quién seguir. Y el alma en mil pedazos. Eso fué lo qué Damián dejó a Ámbar en el momento exacto en que su corazón dejó de latir. Él llegó a ella pa...
