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Julio, 01



Damián.


La hora rebasa la una treinta de la madrugada, en algún momento de la noche me quedé dormido con varias botellas de alcohol a mi alrededor. Estoy ebrio, las luces, autos, edificios y personas distorsionadas me lo indican. Pero aún así no detengo el auto que se sale de su carril un par de veces, hasta que llego a la clínica y estaciono el primer espacio vacío que encuentro.

Camino intentando quitar las arrugas de la camisa al tiempo que trato también de meterla por dentro del pantalón. Mi cabeza duele y la garganta y emociones encontradas aclaman por más alcohol, pero ya no más. Ahora debo entrar y cuidar de Ámbar para que despierte y regresarla con mi hija antes de que el odio que me tiene se acrecente más, antes de que empeore y enfoque su rabia en mí como yo lo hice con mi padre.

Ámbar dijo que no era como yo, eso quiere decir que con ella nunca hizo lo que conmigo hoy, es por ello que la voy a despertar, le diré que vuelva porque Mía la necesita muchísimo más que antes y me alejaré de ellas el tiempo que sea necesario para que mi hija no empeore.

Ámbar tenía razón; tarde o temprano le haría daño y lo que sucedió hoy no es más que una prueba clara de ello, pues, estuvo al cuidado de su madre todo el tiempo que lleva de vida y nunca dió indicios de nada, conmigo tan sólo ha estado durante tres semanas y ya ni siquiera puede verme sin sentir rabia.

Abordo el ascensor ignorando las miradas que me dedican las personas al verme pasar desaliñado, y me adentro al pasillo cuando las puertas se abren. El camino mi mente se lo sabe de memoria por lo que aunque esté ahogado en alcohol mis pies se dirigen por voluntad propia a la habitación.

Al verme los dos guardias del turno de la noche se levantan abruptamente y sacan el pecho mientras me acerco. Quizás en otra situación les habría gritado lo imbéciles que son, pero esta ni los miro, simplemente me abro paso a la habitación que yace alumbrada sólo por las pantallas que monitorean los signos vitales de la rubia.

Sin encender la luz me ubico al pie de la cama y la miro bajo la tenue luz que se cuela por el ventanal y da de lleno en su rostro. Ha adelgazado ¿Y como no? Sí lo único que le suministran es suero.

Han pasado tres semanas y no hay una sola mejora, todo sigue igual; no se mueve, ni siquiera el ritmo de su corazón se hace diferente.

De hecho creo que ya me sé sus latidos de memoria; los escucho toda la noche mientras duermo o hago el intento.

—Yo no fuí.— le susurro sorprendiendome al descubrir mi voz rota.— Te lo juro, muñeca, yo no fuí.

Me acerco al banco que han hecho a un lado pegándolo del ventanal y lo ubico en el mismo sitio al lado de su cama. Tomo su mano y la beso sin apartar la vista de su perfil.

—He hecho un millón de cosas malas y otro millón de cosas mucho más malas.— empiezo a hablarle dejando nuestras manos en la cama, la de ella sobre la mía, con la misma esperanza de siempre.— Y sinceramente nada de eso me quita el sueño, a mi conciencia no le pesa porque sí lo hice fué porque quería.

Recuesto la cabeza sobre la cama, con la mirada puesta en nuestras manos; la mía semi cerrada convirtiéndose en un puño sin terminar, y la de ella quieta sobre la mía sin ejercer movimientos ni en un solo músculo, ni en un solo dedo.

—Y justo ahora después de muchos años, lo único que me pesa de todo esto es un accidente.— susurro necesitando sacar lo que no he podido.— El único asesinato accidental que hice.— mi voz es un murmullo casi inaudible, pero el silencio de la habitación la vuelve protagonista de cada rincón.— Me pesa como lo hizo en los dos primeros minutos de haberlo causado.

Mil pedazos.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora