(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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P. O. V. Pablo
Después de que Laia se fuera a su casa, no pude dejar de pensar en ella. Al principio me pareció muy buena idea, lo de las clases de pool, pues era una forma rápida de ganar dinero y sin ningún tipo de esfuerzo. Pero después de ver cómo todos esos chicos la miraban, solo podía pensar en que quería matarlos. Me hervía la sangre de ver cómo la miraban. Pero lo que más me molestó, sin duda, fue que el imbécil de Alan intentase ligar con ella. Ya había discutido alguna vez con él, pero no había sido más que varios insultos. No sé, era algo inexplicable: desde pequeños nos habíamos odiado. Y solo de pensar que me podía quitar a Laia... Me ponía histérico.
No me gustaba ella, pero era mi mejor amiga y no podía soportar que intentasen algo con ella. No, me negaba. Así que, cuando llegué a mi habitación, quise sacar ese tema para ver qué opinaban mis amigos.
—Se acabaron las clases de billar, aviso.
—¿Qué? ¡No, nos estamos forrando de dinero sin hacer nada! —se quejó Guido.
—Me da igual, ¿no habéis visto cómo la miraban? No lo soporto.
—Bueno, Pablo... —café negó con la cabeza, restándole al asunto importancia— En esta edad, se está con las hormonas a mil. Es normal. Además, Laia tiene lo suyo.
—Claro —Tomás concordó—. ¿Acaso tú no le has mirado el culo alguna vez? Es lo mismo.
—No, es diferente. Yo, cuando lo hago, disimulo. Pero es que... Le han hecho sentir incómoda, seguro.
—¿Y tú qué sabes? A lo mejor le gusta que la miren.
—De esa forma, seguro que no. La conozco.
Guido, cansado de la conversación, se levantó de la cama para empezarse a poner el pijama. Mientras lo hacía, dejó ir alguna que otra frase que me molestó:
—Lo que te pasa a ti es que la quieres para ti solo.
—¿Qué? ¡Eso no es verdad! Díselo, Tomás.
—Yo... —Tomás negó con la cabeza— Lo siento, Pablo, pero es así. No hace falta que te escondas.
—¡Estáis locos! Eso no es así. No, no lo es.
—No hace falta que te autoconvenzas. No te la puedes sacar de la cabeza, se nota.
—¿Cómo que se nota, café? —me preocupé. ¿Acaso ella lo había notado?
—¿Ves? —alzó las cejas— Te hemos pillado.
Yo soplé, cansado de ellos, antes de tirarme encima de mi cama. No entendían nada, solo estaba tratando de que no le hicieran daño a mi amigo. Eso era todo.