(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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Mansilla me parecía uno de los mejores profesores que teníamos. Estábamos en clase de ética y, aunque su asignatura no me apasionaba demasiado, él hacía que no la odiara. Fernanda se animó a preguntar si ya tenía las notas de los exámenes, sin embargo, no obtuvimos la respuesta que esperábamos:
—No hay nota, chicos.
—¿Qué? —saltó Marcos, preocupado— ¿Cómo que no?
Mansilla suspiró, exhausto.
—Ya veo que no habéis entendido nada todavía... ¡Y eso que llevamos meses trabajando juntos!
Fue mi turno de hablar:
—Sí que entendemos, Mansilla, pero... Alguna nota nos tendrás que poner.
—Por supuesto, pero no me basaré en los exámenes: al fin y al cabo, solo estáis dando opiniones personales, y eso no se puede valorar. Cada uno piensa lo que piensa, y nadie puede ponerle nota a eso.
—Vale, sí, pero...
—Lo que sí que me preocupa es otra cosa —el profesor cortó a Luna—. Todo lo que decís está bien, pero nadie habla del cáncer que hay en esta escuela.
—¿Cáncer? ¿Quién está enfermo? —saltó Tomás, preocupado.
—Sí, cáncer. Hay uno muy peligroso en esta institución. ¿Habéis oído hablar de... la Logia?
—La Logia no existe —defendió Pilar con agresividad—. Mi padre dice que es un invento para asustarnos.
Marizza bufó incrédula antes de dirigirse a ella de malas maneras:
—No creas todo lo que tu papito dice.
—¿Por qué lo digas tú, no? ¿Entonces debo creer a una mentirosa como Marizza? —preguntó a Mansilla, irritada.
—Creer o no, no es lo importante, sino hacer algo. Salvo unos cuantos que no quieren abrir los ojos, la mayoría sabe que es cierto: la Logia existe.
—No debería inculcarnos ideas erróneas, profesor —volvió a saltar Pilar. Parecía bastante furiosa.
—No estoy inculcando nada. Solo doy mi opinión, tal y como vosotros podéis hacer. Tal y como estás haciendo tú, Pilar. ¿De eso va mi asignatura, no?
—Entonces... —murmuré, pensativa— ¿Qué propones?
—¿Yo? —Mansilla se puso ambas manos encima de su pecho— Yo nada. Sois vosotros quienes debéis hacer algo. El futuro está en vuestras manos.
Dicho esto, y como si de una película se tratara, sonó el timbre y él se marchó con prisa del aula. Unos cuantos ni nos movimos, pues se nos había quedado un mal sabor de boca enorme. Claro que teníamos que hacer algo, pero... ¿El qué? Otros, como Pilar o Guido, se pusieron a hacer sus cosas con despreocupación. ¿Cómo podían tener la conciencia tan tranquila después de enterarse de una cosa así? Primero jodieron a Manuel, luego a Vico y... ¡A saber de lo que eran capaces ahora!