Capítulo 1

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Todo estaba en orden. La cama estaba hecha, los platos de la cena anterior y el desayuno de hoy lavados, la ropa tendida para que se secara y el suelo bien fregado. Isa no se podía quejar, su nueva compañera no descuidaba sus tareas.

Después de lavarme con prisas los dientes, cogí una copia de las llaves del piso y, con la otra mano, la maleta con todas mis pertenencias. Si no me daba prisa, perdería el bus y llegaría tarde. Eso no lo quería, además de llegar una semana después del inicio de las clases, dudaba que Dunoff viera con buenos ojos que no fuera puntual con la hora acordada.

Conseguí llegar a tiempo y me subí en el bus que me llevaría hasta una parada en el centro de la ciudad, ya allí, debía coger otro para llegar hasta la parada que había más cerca del colegio. No necesitaría caminar mucho después de eso, estaba bastante cerca.

Hice todo tal y como había planeado y llegué, al fin, al Élite Way School. Después de tanto tiempo, por fin regresé a mi hogar. Estaba muy nerviosa, no podía aguantarme las ganas de volver a ver a mis amigos y, aunque fuera raro, de volver a estudiar.

Las ruedas de mi maleta no funcionaban bien por culpa de la arena, hasta que llegué a la puerta principal y eso ya no fue un problema. Al abrirla, el olor a limpio invadió mis fosas nasales y, en ese momento, recordé que esto era un sitio de máxima categoría. Como lo había echado en falta... El recibidor estaba vacío, ya que por la hora que era, deducía que todos se encontraban en sus aulas a punto de terminar sus clases.

—¡Señorita Martín! —Gloria salió de una puerta, con una sonrisa sincera— ¿Qué tal? ¿Cómo se encuentra?

—Muy bien, Gloria. —Le devolví la sonrisa—. Tenía muchas ganas de volver.

—Entiendo. Acompáñeme, el señor Dunoff la está esperando en su despacho.

Caminamos hasta la ubicación, yo sin poder parar de mirar a mi alrededor como si fuera la primera vez que lo viera. Estaba tan ilusionada que, cuando llegamos, no me di ni cuenta de que entré sin pensármelo en el despacho del director.

—Vaya, señorita Martín, ¡qué alegría volver a verla!

Dunoff parecía muy contento. No entendía por qué, pero ya me iba bien. Gloria se retiró y él me hizo un gesto para que me sentara.

—Bueno, ya sabe que es para mí un honor recibirla otra vez en este colegio. Solo que ahora... con una beca. Ya estoy informado de su situación actual, Martín, así que no se preocupe. Si necesita cualquier cosa, no dude en pedírmela, ¿de acuerdo?

—Muchas gracias, señor. Estoy muy contenta de poder volver. Y le prometo que no le defraudaré.

—Oh, no lo dudo. Sus notas el año anterior fueron excelentes, y debo admitir que el examen de admisión que se le mandó para comprobar si su nivel era apto para iniciar en esta institución, me sorprendió mucho. No esperaba tan buen resultado, así que mis expectativas en usted, este año, son altas.

—Vaya... Muchas gracias, señor Dunoff, yo...

—¡Tiene que sacar a la intrusa esa de mi cuarto! ¡Ha invadido mi cama!

Mía Colucci, en persona, estaba enfrente de mí. Había entrado sin avisar, sin darse cuenta de que el despacho estaba ocupado.

—¡Señorita Colucci! ¿Esas son formas de entrar?

La cara de Mía era un cuadro; no sabía si se alegraba de verme o estaba completamente asustada, aunque unos segundos más tarde, cuando me abrazó, deduje que era la primera opción.

—¡Laia! Pero... Pero... ¿Qué haces aquí? ¿Cómo puede ser...?

Antes de que pudiera contestar, volvió a abrazarme, casi cortándome la respiración.

—Entiendo su emoción, señorita. Pero Martín y yo estábamos en una reunión, ¿sabe? Cosas sobre la orientación de su compañera que no pueden esperar. Así que entenderá...

—Sí, sí —asintió con energía varias veces con la cabeza—. Lo entiendo, director. Ya me voy, solo... Me ha encantado volver a verte, Laia.

Mía se marchó rápidamente, cerrando la puerta con brusquedad. Debía ser por la emoción. Dunoff siguió contándome varios cambios que había este año, desde nuevos alumnos y nuevo profesorado hasta un nuevo campo de deportes. Al terminar de poner los papeles en orden, Gloria se ofreció a acompañarme hasta mi habitación. Resultó ser la misma que el año anterior, solo que con una cama de más, así que me negué a que me acompañara, pues ya me sabía el camino.

Cuánto había echado de menos todo esto... Parecía mentira que por fin estuviera aquí otra vez. Ahora... seguro que en mi vida iba todo mucho mejor. Subí las escaleras con mi maleta, pero esta vez, no sabía por qué, me cansé más. Eso era porque me había pasado el verano casi sin hacer nada... Seguro.

Al llegar al pasillo, me encontré con un par de chicas que me sonaban del anterior año. Yo me sabía sus nombres, pero ellas, al parecer, el mío no. Porque ni me miraron. No era que me sorprendiera, yo no era Angelina Jolie, pero estaba tan emocionada de volver que si fuera por mí le hubiera dado un abrazo a cada persona con la que me cruzaba.

—¿Extremoduro?

Tenía una mano en el pomo de la puerta de mi habitación cuando escuché eso. Me giré y me encontré con un chico, quien por su apariencia física parecía gustarle el rock, plantado, mirándome fijamente. Estaba esperando una respuesta.

—¿Cómo?

—Tu camiseta —señaló—. ¿Te gusta Extremoduro?

Me di cuenta de todo, aunque tardé varios segundos en reaccionar y contestarle al chico.

—Ostia. Sí, me encanta —me reí, avergonzada.

—Que bien encontrar a alguien con buen gusto por aquí. Soy Rocco, ¿tú?

—Laia, encantada.

—Eres nueva, ¿no? ¿Necesitas un tour o algo así para conocer este lugar? Yo ahora no tengo nada que hacer.

—Esto...

El chico estaba siendo muy simpático, y se lo agradecía. Pero ya me lo conocía todo, y ahora mismo solo quería dejar la maleta dentro de la habitación e ir en busca de mis amigos.

—Hay una cafetería en la que se está genial, si quieres...

—Perdona, Rocco, muchas gracias por la ayuda, pero... Es que ya me lo conozco. No soy realmente nueva, el año pasado ya estuve aquí, solo que esté año he llegado con retraso por unos asuntos que ya están resueltos.

—Ah, está bien... —se rascó la nuca, con vergüenza— Entonces casi mejor que te deje instalarte...

—Bueno, ahora voy a la cafetería esa que decías —le sonreí para tranquilizarlo—. Si quieres podemos ir juntos.

Él se lo pensó un par de segundos, hasta que habló:

—Mmm... Vale, sí.

Por el camino, hablamos de varios grupos de música que teníamos en común. No dio tiempo para más porque enseguida llegamos al sitio donde suponía que estarían mis amigos. Para qué mentir, siempre estaban allí. Aunque, si abría la puerta y no les encontraba, me llevaría un buen chasco porque no sabría dónde buscarlos.

Abrí una puerta con desconfianza, y asomé la cabeza para observar la zona. Pude ver a Mía, Vico, Feli, Luján, una chica rubia y... ¿Marizza? ¿Qué se había hecho en la cabeza? Estaban todas sentadas en una mesa, cerca también estaban Belén y Fernanda, pero las que me hacían especial ilusión eran las primeras que había mencionado. En la mesa de al lado, estaban los chicos: Manuel, Marcos, Guido, Tomás y Pablo. Pablo... ¡Qué guapo estaba! En estos momentos, me daba cuenta de que había escogido al chico correcto.

—¿No entras?

Rocco me miraba sin entender nada, detrás de mí.

—Sí, solo que... Necesitaba un minuto para prepararme mentalmente.

—¿Pasa algo? —se preocupó.

—Oh, no. Nada. Solo es que... Hace tiempo que no veo a toda esta gente y...

—¿Acaso te trataron mal el año pasado? ¿Te hicieron algo?

—No quería decir eso, es que...

—Ya decía yo que no parecían de fiar... ¿Quién fue? ¿Guido? ¿O Pablo? Sí, yo creo que...

No pude aguantarme y, de los nervios, empecé a reírme. Había vuelto a cerrar la puerta para que no me vieran, si no ya no sería una sorpresa. Rocco me miró sin entender nada, y lo entendía. Como se decía ahora... Necesitaba contexto.

—No es nada de eso, todo el contrario; han sido los mejores amigos que he tenido jamás, bueno, han sido los únicos amigos que he tenido. Y por eso y por ser como son, son los mejores.

—Joder —empezó a reírse—. Hoy no acierto nada...

—No te preocupes, no pasa nada. Pero gracias por preocuparte.

—¿Y entonces?

—¿Cómo?

—¿Por qué no entras?

Lo miré durante unos segundos y, luego, observé la puerta. No sabía qué me pasaba. ¿Por qué estaba tan insegura? ¿Es que acaso tenía miedo de que ya se hubieran olvidado de mí? Sí, era eso. Nunca me había sentido así, y tenía que confesar que era una sensación horrible.

—Es que... Tengo miedo a su reacción.

—¿Por qué? —frunció el ceño.

—No lo sé... ¿Y si les doy igual? Han pasado tres meses...

—Perdón, pero, ¿no decías que eran tus amigos? ¿Cómo vas a darles igual? La amistad no funciona así...

—Ya, pero no sé...

—Si de verdad les importas, da igual el tiempo que pase... Siempre van a estar ahí.

Miré a Rocco a los ojos, con tanta confianza que no sé ni de donde salió. Me convencí a mi misma de que todo iría a bien. No sé, que alguien me apoyara de esa manera me hizo sentir bien. Así que asentí con la cabeza, sin pensar en lo que hacía, y me di media vuelta para abrir con suavidad la puerta de la cafetería hasta dejar ver mi cuerpo al completo. Estaba temblando, las voces ahora se escuchaban mucho más fuertes y notaba como, si seguía mucho más así, mis piernas dejarían de aguantar mi propio peso.

—¿Laia? —Luján me vio, y se levantó de la silla sin dejar de mirarme, asegurándose de que era yo— ¡Laia! ¡Chicos, es Laia!

Todos giraron sus cabezas hacia mí, pero yo estaba tan nerviosa que no me moví ni de la puerta. Sentía que flotaba, y no podía ni mover las comisuras de mis labios para formar una pequeña sonrisa. Nada, estaba quieta sin tener el control de mi propio cuerpo.

Marizza fue la segunda que se levantó y se acercó a mí para abrazarme con prisas. Luján la imitó. Mía, quién ya me había visto antes y ahora estaba sonriendo, también se abalanzó para unirse al ahora abrazo de cuatro. El resto de alumnos se aproximaron, con caras de asombro, hasta el círculo que se había formado en la cafetería. Cuando unos se separaban de mí, otros aprovechaban para abrazarme. Lo que tanto me preocupaba, no se había cumplido. Al contrario, nunca pude haberme imaginado recibir una bienvenida tan calurosa y cómoda.

—¿Pero qué haces aquí? ¿Cómo has vuelto? —Marizza me sujetaba los hombros como si me fuera a escapar. Parecía desubicada.

—Ya os lo contaré... ¿Qué te has hecho en el pelo?

—¿Qué pasa? ¿No me quedan bien?

—Sí, sí —me reí—. La verdad es que te quedan muy bien, son... muy tú.

—¿Pero te quedas? —Manuel separó a Marizza de mí para situarse en su sitio.

—¿Dónde?

—Coño, en Argentina.

Yo sonreí.

—Claro.

Todos se alegraron. Tomás se hizo un hueco entre la multitud, quedándose en medio del círculo junto a mí, y me sonrió antes de abrazarme.

—Qué preciosa estás —dijo al separarse, colocando un mechón de mi pelo detrás de mi oreja. Y yo no pude evitar sonrojarme. ¿Cómo decía eso delante de todos y se quedaba tan tranquilo?

—Si te quedas en el país, ¿vendrás a vernos, no? —saltó Feli.

Ah, que no se habían enterado... Mía y yo compartimos una fugaz mirada, al parecer no había dicho nada. Pero mejor, sería una buena sorpresa.

—¿Yo? Que va. No voy a perder mi tiempo viniendo a este colegio para veros de vez en cuando...

—Mentirosa, sí que lo harás —Marizza aseguró, aunque parecía confundida ante lo que había dicho.

—No, no voy a venir a visitaros porque...

—¡... porque ya estará aquí! —Mía terminó por mí, emocionada.

Evadí que me hubiera cortado porque entendía que le hacía mucha ilusión ser la única que ya lo sabía. Al escuchar eso, mis amigos se alegraron aún más y empezaron a abrazarme. Estaba feliz, casi tanto como hubiera esperado. Aunque me faltaba un punto, un punto muy importante... Pablo. Durante todo este tiempo, se había quedado al margen; estaba de pie, detrás de gente que simplemente estaba junto a la multitud para enterarse de lo que pasaba, gente con la que no tenía ningún tipo de relación. ¿Acaso él era uno de ellos? No. Era la persona más importante que había ahí, y no podía entender por qué no venía a abrazarme. Necesitaba un abrazo suyo.

La gente empezó a dispersarse y mis amigos me invitaron a sentarme con ellos y tomar algo para celebrar mi regreso, pero mi vista seguía fija en él. Pablo me miraba, parecía en shock. Estaba quieto y no hacía nada más que mirarme y tragar saliva. Al darme cuenta de que si no me acercaba yo, la distancia que había entre nosotros no desaparecería, di un par de pasos hasta estar cara a cara.

—Hola —sonreí suavemente.

Él no contestó. No al menos con palabras. Parecía que estaba esperando algún tipo de señal para abrazarme, porque inmediatamente, después de saludarle, se abalanzó hacia mí para estrecharme en sus brazos.

Y parecerá cursi, pero, después de ese gesto y de que todos me recibieran tan bien, volví a sentirme como en casa.




¡Hola! ¿Qué tal?

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¡Hola! ¿Qué tal?

Bueno, bueno, bueno... Arrancamos al fin. Primer capítulo de la segunda temporada, ¿qué os ha parecido? 

Estoy muy contenta de continuar con este fanfic y espero que lo disfrutéis tanto o más como lo haré yo. Y nada más, ¡votad y/o comentad, que me encanta leeros! ¡Muchas gracias por el apoyo y hasta dentro de dos lunes!

¡Hasta luego, besos!

Inolvidable || Rebelde WayHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora