(CORRIGIENDO)
A Laia Martín y a su familia les sale la oportunidad de mudarse a Argentina por cuestiones laborales, la cual aceptan sin pensárselo mucho.
Allí asistirá a un colegio pupilo lleno de gente adinerada y muy caprichosa; al principio no l...
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El primer día de clases oficial en el élite Way empezaba. Nos levantamos temprano y nos vestimos con el uniforme. Las clases empezaban dentro de muy poco y nos teníamos que dar prisa porque si no no íbamos a llegar a tiempo. Estábamos a punto de salir por la puerta cuando la voz de Marizza nos frenó.
—Vale, pero no te metas en líos, que sabemos que eres una experta —advertí.
—No, no os preocupéis. Venga, fuera.
Nos dirigimos hacia la clase con los libros que necesitamos, pero, sin sorprenderme, no podíamos entrar porque estaba el grupo de Mía y Pablo ocupando toda la puerta.
—Ejem, ejem —tosí, falsamente, para que se dieran cuenta de mi presencia y me dejaran pasar.
Pablo me miró y ni se molestó en callarse:
—Hablando de ordinarias...
—Disculpa, no sabía que la puerta era tuya... Si no te importa, la gente tiene que pasar, así que arreando.
—Vaya, ¿quién crees que eres para mandarme? —preguntó sin esperar respuesta y se echó a reír con superioridad—. Me moveré cuando yo quiera, no cuando tú me lo digas, nena.
Me estaba empezando a hartar de ese chico. Me daba igual quien era, como si era el Papa de Roma, me la sudaba. Como no se moviese pronto, lo iba a mover yo de un puñetazo, que bien merecido lo tendría.
—Mira, chaval...
Aunque iba a mandarle a tomar por culo, no pude: una tercera voz interrumpió nuestra discusión.
—Pablo, muévete —ordenó Tomás.
—¿Qué? ¿Pero, qué dices?
—Te estoy diciendo que te muevas y las dejes pasar.
—Está bien, tranquilo, eh. —Se apartó al ver que a su amigo no le hacía ninguna gracia esa situación. Aunque no lo hizo sin antes voltearse una última vez hacia mí:— Y tú —me señaló—, esto no quedará así.
Le di una mirada rápida a Tomás y vi que me estaba sonriendo. Quisiera lo que quisiera, no iba a funcionar, así que ya se podía estar ahorrando esas sonrisitas.
Por fin pudimos entrar en el aula y nos sentamos en las mesas de delante. Como eran de dos, Luna se sentó delante de todo con Luján y yo me senté sola en las mesas de detrás de las suyas, esperando a Marizza.
—Luján —le llamé la atención, pues la curiosidad me estaba matando—, ¿dónde está Marizza?
—No te lo puedo decir.
Ah, genial. Lo sabía y no nos lo decía. ¡Qué rabia!
—¿Por qué no? —preguntó Luna, sumándose a la conversación.
—Mirad, si no hubieseis ido a la fiesta de las tilingas, os habríais enterado.
¡Encima! ¡Pero si decían que les daba igual! Ahora que no se enfadasen...
—Buenos días, chicos.
Estaba pensando tanto en donde podía estar Marizza que no me di ni cuenta de que el profesor ya había llegado y todo el mundo ya tenía los libros abiertos sobre sus mesas. La clase siguió bastante aburrida, no me gustaba geografía y además estaba sentada, sola sin poder hablar con nadie, ya que Marizza aún no había llegado y Luján no nos quería decir qué había pasado.
Una chica morena, que estaba sentada detrás mío, me tendió un pequeño sobre rosa con bastante decoración innecesaria; luego vi que a Luna también le dieron uno, así que lo abrí con intriga para saber de qué iba todo eso.
Congratulation, fuiste aceptada en el grupo coreográfico del colegio.
Firmado, su directora, Mía.
—Te felicito, ¿sabes lo difícil que es entrar? La mayoría nunca pasa el casting —me felicitó la misma chica que me la había dado. No sabía cómo se llamaba.
—¿El casting? —Luna preguntó anonadada, pues ninguna de las dos había hecho ningún casting.
Iba a contestar, cuando el profesor nos llamó la atención:
—Si la conversación es interesante, ¿por qué no la comparten con todos?
Para nuestra maravillosa suerte, justo en ese momento apareció el director y se puso a hablar con él. Al cabo de un minuto, pidió que Tomás lo acompañara y ambos se marcharon.